Donde la literatura y la maldad se toman un té

sábado, 21 de noviembre de 2015

Sebastián, el discípulo de Satán

Sé que muchos de vosotros le habéis echado un vistazo a las primeras páginas de la novela de aquella criatura que quería nuestro mecenazgo. Los que lo hayáis hecho, sabéis que no hay mucho que yo pueda decir para mejorar lo que ya está escrito por la propia autora.

Y sin embargo aquí estoy, cosas de la vida. No me voy a molestar en corregir referentes, ni erratas ni
nada. Yo vengo a reírme.


Alguien que te quiere bien

A los ojos de aquellos contemporáneos que vivían en una realidad donde recibir una carta mediante correo convencional solo podía significar que los de arriba te andaban buscando, aquel hombre que salía cada mañana bien temprano a revisar el buzón resultaba no menos que un fenómeno sorprendente. Algunos decían que el vecino estaba metido hasta las uñas en temas ilegales y que eran los mismísimos paquetes de drogas los que diariamente llegaban hasta su buzón
[Sé que esto es supuestamente “realismo mágico” y que viene siendo de hecho una excusa para meter en la novela toda idea peregrina que pase por la cabeza de la autora, de verdad que sí, pero ¿en serio? ¿Droga por correspondencia?]. Otro sector afirmaba que era un asesino al que habían dejado en libertad con la condición de que diariamente asegurara que seguía residiendo plácida e inocentemente en el mismo lugar [Y para eso… ¿no tendría que enviar cartas en vez de recibirlas?] o, dependiendo del día, que las cartas contenían información altamente confidencial sobre aquellas personas que se le ordenaba asesinar. Otros se aventuraban incluso con la hipótesis de que el vecino se escribía con la muerte o con el demonio, aunque lo cierto es que siempre se le veía recoger cartas, nunca enviarlas [Ya… Es difícil que se le vea enviando cartas desde su propio buzón, pero, ea, ánimo con eso]. De todas formas esto tampoco era ya fácil [¿Enviar cartas? ¿Verle recoger cartas? ¿Ser pen-pals con la muerte? :D]: el servicio postal había sido dejado para las cosas serías de la sociedad, que últimamente se limitaban a los asuntos en que a algún órgano oficial no le cuadraban los números [o a los asuntos de camellos, una de dos], y nadie recordaba muy bien cuál era el complicado proceso a realizar para enviar una carta a alguien.

El vecino podía llegar a tener cierto aire siniestro, ¿pero tanto como para ser un traficante, un asesino o un discípulo de Satán? [Y la autora ha puesto el dedo sobre el principal criterio para reconocer a este tipo de sujetos: el aire siniestro. No veáis cómo se lo pasan los góticos en los controles de aeropuerto] Era un hombre de mediana edad, pongámosle unos treinta y cinco años [EHHH], año arriba, año abajo [década arriba. No abajo. Sólo arriba], y medía algo menos que la media masculina del país. Tenía una complexión delgada y una mata de pelo morena (con una cantidad creciente de canas repartidas en ella) y abundante hasta la altura de las orejas, que se peinaba de manera muy anticuada con una raya en el centro y una especie de flequillo que le ocultaba buena parte de las arrugas de la frente [O sea... que lleva un peinado a lo medieval o a lo niña de guardería. Empiezo a ver lo del aire siniestro, pero lo que no veo es ¿POR QUÉ?]. De la nariz le salían varios pelos que apuntaban firmemente hacia sus pies [¡Toma ya! Firmemente. ¡Como lanzas!], tenía una boca pequeña de labios finos y unos ojos marrones desproporcionadamente grandes. El espectador que se le quedara mirando durante un rato sólo vería una gran cabeza y, sin apenas pasar por un cuello demasiado corto, el resto del enjuto y esmirriado cuerpo [Bien. Después de haber leído esta descripción voy a volver a la pregunta de principio de párrafo:

El vecino podía llegar a tener cierto aire siniestro, ¿pero tanto como para ser un traficante, un asesino o un discípulo de Satán?

No, desde luego que no. Ser traficante, asesino o discípulo de Satán me parecen ocupaciones demasiado convencionales para alguien con un aspecto tan deforme].
Para los pelos de la nariz he usado lanzas. Las de la rendición de
Breda, concretamente. Genius, I know.
El vecino vivía solo en uno de los barrios más tranquilos del país. Ubicado justo a medio camino entre el concurrido centro y el campo de estiércol que era la periferia [La periferia… ¿del país? UK tiene mar por la periferia, este país tiene estiércol. Yay], Santos era considerada la primera residencia de burgueses venidos a menos [No es por nada, pero burgueses venidos a menos vendrían a ser pobres] y de familias tradicionales con dos o tres coches voladores aparcados en la entrada. La mayoría eran gente tranquila que hacía vida dentro del barrio, donde sacaban a pasear a sus perros, compraban en las grandes boutiques de alimentos ecológicos y pasaban las tardes en Santini, una de las mejores heladerías de todo el continente [La mayoría del barrio pasaba todas las tardes en la heladería. Qué planazo. Y qué pedazo de heladería]. La mayoría de ellos, tanto hombres como mujeres, tanto padres como madres, trabajaban en las oficinas de cristal que se alzaban treinta pisos por encima de la frontera (entendamos que imaginaria, invisible [XDDD Dios, gracias. Gracias por no una, sino DOS aclaraciones]) en que empezaba la gran montaña de estiércol urbe de Barna, donde los coches voladores se pitaban unos a otros, los parques y jardines eran espacios abarrotados donde no quedaban nidos de pájaros [o está tan lleno que la gente se sube hasta en los árboles o estos pájaros son retrasados perdices y anidan en el suelo], los adultos iban siempre con prisa, los niños lloraban demasiado y los perros se negaban a salir a pasear [what? XD].
Solución a la huelga canina que asola el país. Tras la tragedia que ha mantenido
sepultada a la gente en sus casas se han tomado las medidas necesarias
para solucionar la crisis. El excedente de material fecal se depositará
en un campo en la periferia del país...
Este comportamiento no destaca en Santos.
Sin embargo el vecino, del que ya va siendo hora de saber el nombre, Sebastián, al que podremos llamar Sebas cuando le tengamos más confianza [No sé si querría tenerle confianza. Parece de esas personas que pueden atravesarte con los pelos de la nariz], vivía solo en un barrio de familias idílicas y trabajaba en el estercolero de la periferia. No trabajaba literalmente en un estercolero, sino en una pequeña oficina que solían rondar vagabundos, perros [¡Esquiroles! Negaos a pasear, camaradas] apaleados, gatos callejeros y un sinfín de gente más o menos honrada [a esta oficina le pasa como a la heladería de barrio, que está de un transitada…] que transitaba diariamente por calles estrechas, sucias y donde aún quedaba sangre del tipo al que partieron el tabique nasal durante la pasada noche [Esta gente honrada, que es de un patoso terrible]. Sebastián trabajaba apenas unas pocas horas al día y siempre en horarios distintos, podía hacerlo un lunes de 9 am a 13 pm, un martes de 16 pm 21 pm, un miércoles de 11 am a 20 pm o incluso un domingo de madrugada, de ahí que sus vecinos, ya suspicaces por el asunto de las cartas, murmuraran todo tipo de motivos de sus idas y venidas [¿Esta gente no duerme o qué? Sólo comen helados]. Pero Sebastián era mecánico en robótica, y ya se sabe que en ese tipo de trabajos hace falta personal extra cuando todos los robots parecen estropearse a la vez [Dioses, de verdad que los que viven en este barrio hacen todo junto. Las colas tienen que ser infernales] y sobran manos a las que pagar cuando todos los ciudadanos viven bien tranquilos bajo la correcta y constante asistencia de sus robots domésticos. Sus vecinos de Santos [¿Tenía vecinos en otro lado?], claro está, nunca se acercaron a preguntarle de qué trabajaba, tan ocupados como estaban haciendo suposiciones, y algunas de lo más fantasiosas, sobre ello [Teniendo en cuenta el aspecto de este tipo a mí me parecen poco creativos]. De hecho, si finalmente algún vecino se hubiera decidido a hacerle la gran pregunta a nuestro protagonista habría salido decepcionado; habían imaginado trabajos gloriosos para él que iban desde bombero [los bomberos, gente siniestra. Y grandes aficionados a la amistad por correspondencia :D] hasta domador de dragones (por supuesto, todo el mundo sabe que todavía existen y que disfrutan de vidas placenteras en los páramos donde el hombre no ha sustituido árboles por edificios [Bueno, eso tiene sentido, más que nada porque en los páramos no suele haber mucho árbol] y carreteras. Se dice que existen diferentes tipos de ellos y que tienen apariencias muy dispares en función del medio al que se acomodaron a vivir hace millones de años, y que incluso algunos, muy pocos, conviven entre los humanos de pequeñas aldeas o casas del lago [Ah... Hablando de buzones curiosos], pasando por mafioso, científico chiflado metido en algo tan gordo como para alterar el aspecto físico de la raza humana, diseñador de trajes espaciales [¡!], cirujano altamente cualificado [¡¡¡¡!!!!] o propietario de una nueva, y hasta el momento secretísima, empresa de bebidas alucinógenas [la autora es su más fiel cliente]. Pero Sebastián solo se dedicaba a arreglar robots, cosa que, no me malinterpretéis, también tenía su aquel y su emoción.
La casa del lago. There be dragons.
Volviendo al asunto de las cartas, nuestro vecino recibía una de manera diaria. El cartero, o quien fuera que se las trajese, era implacable hasta el punto que éstas aparecían invariablemente en su buzón (el único que no estaba lleno de telarañas en kilómetros a la redonda) cada mañana. Lo cierto es que al empezar a recibirlas cinco años atrás tuvo serias dudas acerca de si encontraría la carta reglamentaria en aquellos días de agosto en que se alcanzaban los setenta y cinco grados centígrados a la sombra y en que eran muy pocos los que se atrevían a salir a la calle, en cualquier caso siempre protegidos con sus destiltrajes, o en aquellos siete días anuales durante los cuales se preveía que llegara un tornado a la ciudad [ftw], o cuando todo se inundaba de tal manera que los vecinos, no el nuestro, que tenía algo más de dignidad, sino los vecinos de nuestro vecino, hinchaban sus botes veraniegos y los plantaban en la acera. Pero no fue hasta que cayó una nevada que dejó incomunicada ya no solo la ciudad con otras ciudades ni el barrio con otros barrios, sino al vecino con otros vecinos, que Sebastián entendió que la carta iba a conseguir apañárselas perfectamente para llegar siempre hasta el buzón de su idílica casa unifamiliar [Me gustaría de verdad que este hombre dejara de escribirse cartas a sí mismo]. Y ya que estaba, aquel día también aprendió que nunca debe abrirse una ventana tapiada por un muro de nieve de varios metros [Espero que no lo hiciera para llegar al buzón. Pero si no fue así, ¿para que diablos lo hizo?].

En fin, ¿soy la única que piensa que el aspecto y el nombre de este tipo quedarían que ni pintados en la wiki de creepy pasta? Tengo una leyenda urbana escrita sobre este tipo que acaba así:

... Se dice que si abres la ventana cuando hay un manto de tres metros de nieve fuera y se te cae una carta a la nieve, Sebastián, el discípulo de Satán, aparecerá en tu buzón y te robará el correo. 

Y recibirás una carta que te dirá cómo vas a morir. Y te morirás. Y aplaudiremos.

Fin.

Quizás debería empezar a pedir mecenazgo para leyendas urbanas de estas :D

No os quiere,

Z.

6 comentarios :

  1. Lo malo de ser tan fan de tus entradas es que en mis últimas revisiones de textos ajenos sentí bullir la maldad en mi interior D: Normalmente puedo tenerla bajo control, así que el resultado es una especie de intolerancia más o menos amable.
    Me divertí mucho con esta entrada, creo que si la autora incluyera tus comentarios en la novela, recaudaría fondos más rápido. Su pretensión de humorista, al menos, tendría cierto sustento :P
    Sólo quiero decir que lo único que me indigna más que su realismo mágico trucho (Carpentier y García Márquez deben estar revolviéndose en sus tumbas) es esa manía de explicar sus propias metáforas, como si fueran tan difíciles de entender. Lo dice alguien cuyas metáforas son malísimas :P

    Por cierto, tu dibujo de Sebastián me traumó mucho. Ya no voy a ver el correo de la misma manera :/

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  2. Siento que nunca me enteré de nada con la lectura. ¿Para qué abrió la ventana? ¿De dónde eran las cartas? Nunca lo sabremos xD
    Muy graciosas las acotaciones. Dios quiera que nunca llegues a leer nada mío, ya imagino un dibujo de alguna descripción mal hecha, qué horror. Pero todo esto es más que útil para ver lo que no hay que hacer.
    Dragones en La casa del lago, eso hubiera sido raro.

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  3. ¡Oh Dios, y yo pensando que el boceto de mi novela era mierda pura...!
    Que alegria saber que aunque mi trabajo siga siendo caquita no he caido en los semejantes errores tan bestiales que se pueden ver en ese cacho; esa carencia de ritmo, el sopor, l falta de gancho, el universo mal construido, esa diarrea inconexa... dios me libre, puedo cometer las faltas orto-graficas que me de la gana, pero que nunca me haga caer en semejante espiral de mediocridad...

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  4. Me lo he pasado mil veces mejor con tus anotaciones que con la novela xD La verdad es que estaba casi a punto de ahogarme cuando mi novio me ha preguntado qué era lo que me hacía tanta gracia.
    Yo lo que más me duele es el hecho de que eso no sé que tiene de realismo mágico, me asusta que haya entendido mal el término y quiera decir "fantasía moderna" o algo así... No sé... Me asusta que la pobre chica lo vea bien.
    Voy a entrar en su verkami a ver cómo va su crowdfunding xD

    ¡Un besín!

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  5. Lo del humor irónico ya lo pillo. Se refiere a la última frase (lo de la ventana tapiada con nieve). MAdre de ´dios, que gracia. Casi me ahogo. Eso de su humor irónico me hace reír... Seguro que a sus mecenas también.
    Jijjijijijijij

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  6. Madre mía, hacía siglos que no me reía tanto con un texto en Internet. Con lo de la descripción del amigo Sebas y el dibujo casi me da algo xD

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