Donde la literatura y la maldad se toman un té

sábado, 18 de junio de 2016

El Hardin de las Malas Hierbas, After, Capítulos 5 y 6

Bu.

¿Os lo he dicho? Tenemos fanarts de nuestros fanfics, cortesía de Camino, de El Club de los Migueles.
Apreciad los detalles, por favor. Atreveos a decir que el libro que está leyendo mi álter ego no es una monada.
Y sí, dos capítulos, porque yo lo valgo.


Capítulo 5

Recibo un mensaje de Ortiga:

«Estoy en camino O.O No sé lo que tardaré porque no tengo claro a dónde va mi autobús, pero tú dile que me espere».

Eso suena… angustioso y horrible. Por supuesto, Ortiga no parece tener demasiado problema con la idea de perderse. Desde luego no más que una persona razonable, y en mi humilde opinión, ciertamente bastante menos.

Respira, Zarza, no te has perdido. Eso es, ahora deja de aferrar el móvil como si fuera a salir corriendo y borra esa expresión de horror de tu cara. Shhh, despacito. Muy bien. Ahora hagamos un rápido reconocimiento para ver si los dos cretinos con los que comparto espacio en este momento se han dado cuenta de algo.

Steph y el imbécil me están mirando fijamente. Él levanta una ceja.

—¿Malas noticias? —pregunta mi compañera de piso.

—Una amiga mía se ha perdido —le explico encogiéndome de hombros—. Me gustaría poder llamarla para reírme de ella.

Sus caras son un poema. Uno de los más bellos que jamás he visto, y eso que leo compulsivamente a Lorca.

La verdad, siento un gran alivio cuando Hardin se marcha por fin. Sin él en la habitación me siento lo bastante cómoda como para descalzarme y responder a Ortiga:

«Demasiado tarde: ha huido u.u pero probablemente le vea en una fiesta esta noche. ¿Le doy un recado de tu parte?»

Es mucho más fácil mantener la calma cuando estoy pateando suavemente el suelo sin despegar los talones del parqué.

Me llega un nuevo mensaje:

«Tú dile que estoy en camino O.O».

Supongo que suena lo bastante críptico y amenazante como para que no me importe darle el recado. Me río solo de imaginarlo.

De momento tengo que hablar de la fiesshhta con Steph. Necesito más detalles para saber a qué me enfrento. Ubicación y medio de transporte, por ejemplo, pero toda información es buena.

Estoy deseando coger inspiración para un relato, aunque aún no he decidido sobre qué. Lo primero que pienso meter en el bolso es un cuaderno y un bolígrafo.

—¿Dónde es esa fiesta? ¿Se puede ir andando? —le pregunto mientras coloco mis libros de cualquier manera en la estantería.

—Técnicamente, es una fiesta de fraternidad, y acudirá una de las fraternidades más importantes. —Abre la boca como un pez mientras se aplica más rímel en las pestañas —. Se celebra fuera del campus, así que no iremos andando, pero Nate vendrá a recogernos.

Fraternidades. Porque la cosa no podía ir a peor.

En fin, si salgo viva de esta voy a tener un material tan sumamente espectacular… Agh. Pateo con más fuerza el suelo. Todo será sórdido y deprimente y quedará maravilloso en mi relato. Quiero escribir sobre algo descorazonadoramente optimista, lo he decidido. La inocencia vamos a aparcarla, porque es un tema tan típico que duele. Aunque resulta tentador, en el fondo: quedaría tan descarnada, frágil y ridícula en un escenario como puede serlo una fiesta de fraternidad... Ah, decisiones, decisiones.

Bah, tengo un viaje en coche para pensarlo.

Tengo que acordarme de poner la queja mañana sin falta. Hardin Scott. No se me puede olvidar el nombre.

Viendo sus brazos, parece la típica persona que se deja tatuar garabatos mal hechos por sus conocidos, como si fuera una hoja de sucio. Uhm. Quizás sea el momento de sacarme ese curso que siempre quise en tatuajes. Podría ofrecerle quitar la queja contra él si me deja pintarrajearlo un rato. Como me temo que hacer eso no sería muy responsable por mi parte (por todas las chicas cuyos cuartos se habrá negado a abandonar), una de las cosas que podría tatuarle es una letra escarlata. V, de violador en potencia (no de vendetta).

—¿Me oyes? —me pregunta Steph interrumpiendo mis pensamientos.

—Perdona..., ¿qué? —Con lo feliz que estaba yo desvariando.

—He dicho que vamos a prepararnos. Quiero que me ayudes a elegir qué ponerme —dice.

Ya, bueno, y yo quiero una urraca. La vida no siempre es justa.

Los vestidos que selecciona Steph parecen todos babydolls comprados en los chinos. Vamos, yo no los usaría ni para dormir, y el último sitio en el que se me ocurriría ponérmelos es en una fiesta de fraternidad. Claro, que mi compañera de cuarto es la que ha metido al idiota de antes en nuestra habitación. Es evidente que luces no le sobran, y de instinto de autoconservación anda bastante escasa.

Como decía, la vida no siempre es justa.

El vestido que elige al final es una rejilla negra que deja ver el sujetador. Lo único que evita que enseñe todo el cuerpo son unas bragas asimismo negras. La falda apenas llega a cubrirle la parte superior de los muslos, y ella no para de subirse más la tela para mostrar más pierna, y luego tira de la parte superior hacia abajo para mostrar más escote. Cosa bastante innecesaria porque el vestido es de rejilla, pero, bueno, es su lucha. Los tacones de sus zapatos miden al menos diez centímetros de altura. Se recoge el pelo rojo en un moño desenfadado con algunos mechones sueltos que caen sobre sus hombros y se pinta una gruesa raya en los ojos con lápiz azul y negro. Una horterada, vaya. No sé qué pinta el azul en todo esto.

Cuando acaba parece un panda. Tengo el desconcertante impulso de ofrecerle un filete crudo o una bolsa llena de cubitos de hielo.

—¿Te dolieron los tatuajes? —pregunto mientras saco mi ropa.

En la última fiesta desenfrenada a la que asistí, llevar minifalda no me facilitó precisamente las cosas cuando tuve que huir campo a través mientras una panda de retrasados me perseguía en moto de madrugada. Así que nada de vestidos, sino pantalones cortos, con medias muy tupidas, todo en color negro. Libertad de movimientos y tonterías las justas. Es sencillamente perfecto.

—El primero que me hicieron sí, pero no tanto como la gente cree. Es como un montón de picaduras de abeja —dice quitándole importancia.

—Eso no suena doloroso en absoluto —contesto, y se echa a reír.

Se queda boquiabierta al ver mi ropa.

—No irás a ponerte eso, ¿verdad?

Para la parte de arriba he escogido una camiseta larga hasta los codos, también negra y bastante suelta. Si tuviera un hábito de monja (y si los hábitos de monja fueran cómodos para una fuga de emergencia) me lo habría puesto.

—¿Por qué? ¿Qué tiene de malo? —pregunto, intentando poner cara seria.

—Nada..., sólo que... tapa mucho —dice.

—Sólo me cubre hasta los pies. —No te rías, Zarza, no te rías.

—Es bonito —añade—. Es sólo que me parece demasiado formal para una fiesta. Si quieres, te presto algo mío —dice con toda la sinceridad del mundo.

Bueno, eso lo arreglo yo con unas Converse y una mochila.

Por otro lado, me está ofreciendo su ropa. Tenía toda la intención de pedirle que me prestara un día de estos un vestido gótico que he visto en su armario a cambio de acompañarla a la fiesta, pero si me lo ofrece ella no tiene gracia. Mundo cruel.

—Gracias, pero prefiero llevar éste.

Reúno un libro, un cuaderno, un bolígrafo, una sudadera, una botella de agua, un desodorante Rexona que pueda servirme de spray de pimienta en una situación desesperada y un cargador portátil para el móvil. Perfecto.

—Y ahora, hablemos de negocios —digo, y enchufo las tenacillas.

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Capítulo 6

Más tarde, una vez que mi melena está ondulada y cayendo en tirabuzones sobre mi espalda, me pongo bocabajo y me agito el pelo con los dedos. Cuando levanto la cabeza mi pelo está alborotado y salvaje, y si tuviera un bosque cerca sería completamente feliz.

—¿Quieres que te preste un poco de maquillaje? —pregunta Steph, y yo me miro al espejo de nuevo.

Cardo siempre dice que mis ojos tienen la asombrosa habilidad de parecer maquillados sin estarlo, y eso solo da alas a mi pereza vital, por lo que nunca me pinto.

—¿Quizás un poco de raya? —digo. Ya que me he tomado el esfuerzo de rizarme el pelo, supongo que pintarme la raya no puede ser un sacrificio tan grande.

Con una sonrisa, Steph me pasa tres lápices: uno morado, uno negro y uno marrón. Solo cojo el negro, evidentemente.

—El morado quedaría genial con tu color de ojos —observa, y yo levanto las cejas y pongo algo de esfuerzo en que no se me note lo hortera que me parece esa sugerencia—. Tienes unos ojos extraordinarios. ¿Nos los cambiamos? —bromea.

Ni de coña.

Uhm. Espero no haber dicho eso en voz alta. En fin, ella tiene un color de ojos precioso, un verde luminoso, pero me gustan más los míos. Mis ojos hacen lo que quieren. Y se les da pasmosamente bien fulminar a la gente con la mirada. Y son míos.

Cojo el lápiz negro y me pinto una línea lo más fina posible.

Steph sonríe con orgullo.

O…kay.

El día que me vea hacer un dibujo me aplaude.

De repente su móvil empieza a vibrar y lo saca del bolso.

—Nate ya está aquí —dice.

Cojo mi mochila, me revuelvo el pelo y me pongo mis zapatillas negras. Ella las mira, pero no dice nada. 

Estas tampoco te las voy a cambiar, avariciosa. No haberte subido a esos andamios.

Nate nos espera delante del edificio, con la música heavy sonando a todo volumen a través de las ventanas abiertas de su coche. Inclino la cabeza para comprobar que llevo todo en la mochila y, cuando levanto la vista, veo a Hardin sentado en el asiento delantero. Magia. Nah, cuando hemos salido debía de estar agachado haciendo… algo. Igual me ha visto y se ha escondido.

—Señoritas —nos saluda Nate.

Desconocido, le saludo mentalmente.

El cretino me mira mientras me meto en el coche detrás de Steph, y acabo sentada justo detrás de él.

—Eres consciente de que vamos a una fiesta, no a un funeral, ¿verdad, Zarzarilla? —dice.

Lo que me faltaba. El niño se ha levantado tocanarices.

Miro el retrovisor derecho y veo una sonrisa burlona en su cara. Le observo fijamente con la esperanza de que me mire a los ojos y pueda hacerle bajar la vista.

—Eres consciente de que si vuelves a llamarme así voy a tirarte del pelo hasta dejarte calvo, ¿verdad, Hardincillo? —lo aviso.

Frunce el ceño. Se ve que no le hace tanta gracia el uso del diminutivo en su nombre. Sin embargo, le dura poco. Se cruza de brazos y sonríe socarronamente.

—Claro, Zarzarilla —replica.

En mi defensa tengo que decir que el que avisa no es traidor. Bueno, y también que no le dejo calvo de verdad: del tirón que le doy solo me llevo un pelo. A veces soy así de magnánima.

Me quedo mirando por la ventana, intentando bloquear el estruendo de la música mientras avanzamos. Según mi móvil, la casa está como a una hora andando del campus. Finalmente, Nate aparca al lado de una calle bulliciosa repleta de casas enormes y aparentemente idénticas. El nombre de la fraternidad está escrito en letras negras, pero no distingo las palabras porque las enredaderas que trepan por la enorme vivienda que tenemos delante las ocultan. Largas tiras de papel higiénico se extienden por toda la casa blanca, y el ruido que emana desde el interior pone la guinda a la estereotípica casa de la fraternidad.

—Es enorme. ¿Cuánta gente habrá aquí? —digo tragando saliva.

El jardín está lleno de chicos y chicas con vasos rojos de plástico en la mano, y algunos de ellos están bailando sobre el césped. Dios. Por qué. Por qué tiene que haber tanta gente.

Odio la gente.

—Un montón. Vamos —responde Hardin al tiempo que baja del coche y cierra dando un portazo.

Astuta observación.

Desde el asiento de atrás veo cómo varias personas chocan o le dan la mano a Nate, pasando de Hardin, que se queda a un lado.  Supongo que sería muy cruel reírse. En realidad me da envidia. Con un poco de suerte también me ignorarán a mí.

—¿Vienes? —Steph me sonríe, abre la puerta y sale del coche.

Qué remedio. 



Y se acabó por hoy. 

En fin, tal y como ha ido evolucionando la cosa hay ciertas perlas del libro original que no he podido incluir en el fanfic, pero que quiero compartir con vosotros. En concreto, el siguiente párrafo.

Qué paciencia.
«Me alegro de que no sea Hardin, aunque sé que también irá. La idea de ir en un coche con él me resulta insoportable. ¿Por qué es tan grosero? En todo caso, debería estar agradecido de que no lo juzgue por la manera en la que ha destruido su cuerpo con tantos agujeros y tatuajes. Vale, puede que lo esté juzgando un poco, pero al menos no en su cara. Al menos yo respeto nuestras diferencias. En mi casa, los tatuajes y los piercings no son algo normal. Siempre he llevado el pelo peinado, las cejas depiladas y la ropa limpia y planchada. La verdad es ésa».

En realidad a nivel narrativo me parece que no está mal, porque ilustra de forma encantadora lo hipócrita y lo retrasada que es la protagonista. La única pega es que, muy probablemente, esa no era la intención de la autora.

La verdad es esa. Cielos.


No os quiere,

Z.

13 comentarios :

  1. Soy fan de estos fanfics. Lo mejor que he leído en mucho tiempo, y eso que leo bastante.
    Me estoy planteando robar la idea a Camino y dedicarme a hacer fanarts de estas historias... Me sacan la vena artista.

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  2. Oh, por favor, procede con toda libertad. Me encantan los fanarts.

    Probablemente si Steph los viera te haría la ola, independientemente de tu habilidad para el dibujo. Qué puedo decir, se contenta fácilmente.

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  3. ¡Hola!

    Sigo diciendo lo mismo: no voy a juzgar "After" (porque no lo he leído) pero con el párrafo que has puesto me voy a tomar la libertad de decir que este fic tiene pinta de molar más. Es decir, en el texto que has puesto la niña parece imbécil. La verdad es esa (XD).

    Qué queda-bien soy, ¿eh?

    Ate, A.

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  4. ¡Buenas!

    Ay, por favor, me encantan los dibujicos de Camino!

    Estos dos capítulos tienen frases dignas de ser recordadas, como la de: "—Una amiga mía se ha perdido —le explico encogiéndome de hombros—. Me gustaría poder llamarla para reírme de ella." Digno de una mala hierba, sí señor ^-^ O también la de "Mis ojos hacen lo que quieren. Y se les da pasmosamente bien fulminar a la gente con la mirada." Me encanta. Qué ganas de saber lo que pasará en la fiesshta.

    Carol

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  5. Ni idea de lo que pasa en el original, pero me encanta que Zarzarilla no se haya dejado influenciar para cambiar la ropa que iba a ponerse. Me encantan estos capítulos introductorios, pero yo quiero ver qué hacen tanto Zarzarilla como Ortiguilla cuando Hardincillo y Greycillo se les quieran tirar encima. Muero por ver eso.
    Por otro lado, no sé en qué mundo vive la autora de After, pero en el mío eso de los tatuajes es la cosa más extendida. ¿Quieren ser rebeldes? No se tatúen, no fumen, no salgan a emborracharse hasta las narices todos los fines de semana. Ahí sí que los miran raro.
    Y me voy, antes que el "illo" se me pegue y quede hablando como Ned Flanders.
    Adiosillo.

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  6. ¡Dios! Como me entretengo con ustedes malas hierbas. Y todavía sigo sin querer tomar ese libro. Ni muerta.
    ¡Saludos!

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  7. ¡Hola!

    Cada capítulo es mejor que el anterior. Me he imaginado a Zarza pintándose la cara a lo "Yo me llamo Ralph" y Steph aplaudiendo como una foca.

    Espero con ansias el siguiente.

    Muff.

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  8. ¡Hola!

    Nada, yo sigo descojonada con estas historias. Y el comentario de Muffie con Steph aplaudiendo cual foca ya me ha matado.

    Necesito fieshta, por favor, y espero que alguien (Zarza) le tire muchas copas a la cara a otro alguien (Hardin) :D

    ¡Gracias por poner mis dibujines! <3 sois amor.

    Ahora vuelvo con mi TFG (de los cojones). En fin, aquí se acaba mi breve excursión a la vida. ¡Besazos!

    Camino.

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  9. Pues con eso de que es el mismo universo que el fic de Ortiga... ¿puedo shipear a Grey y Hardin?

    ... en realidad no hace falta que conteste nadie, ya lo hago.

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    Respuestas
    1. ¡¡Me uno a la ship, me uno a la ship!! El... ¿Grardin? ¿Harrey? dominará el mundo *__*

      Son la pareja definitiva, yo los quiero ver juntos, serían la monda. Dejarían a las tías en paz y sería curioso ver como funcionan dos controladores en una relación x3

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  10. Zarza, hemos creado un... ¿una solución a todos nuestros problemas? e.e

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  11. A mi Hardincillo desde luego le vendría bien aprender algo de disciplina...

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  12. Dios mío, lejía para el cerebro T-T!!!

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