Donde la literatura y la maldad se toman un té

lunes, 4 de julio de 2016

El Hardin de las Malas Hierbas, After - La fiesshta

Bu.

He metido en esta entrada todos los capítulos de la fiesshhta, por tenerlos agrupaditos y tal.

Procedamos, pues.


Capítulo 7

Hardin ya ha entrado en la casa y ha desaparecido de mi vista, cosa que me parece terrible, porque no he podido darle el recado de Ortiga. Agh. Hace gente. Hace tanta gente que voy a gritar. Sigo a Steph y a Nate hacia el atestado salón y alguien me entrega un vaso rojo, del que evidentemente no pienso beber (para algo vi Veronica Mars de adolescente). Así que lo dejo sobre una superficie cualquiera y sigo recorriendo la casa con ellos. Nos detenemos cuando llegamos junto a un grupo de gente apiñada en un sofá. Todos llevan tatuajes, como Steph.

Hardincillo está sentado en uno de los brazos, pero me dedico a ignorarle mientras mi compañera de cuarto me presenta al grupo.

—Ésta es Zarza, mi compañera de habitación… y Emperatriz del Mal. Llegó ayer, así que quiero que se lo pase bien en su primer fin de semana en la WCU —explica.

Oh, tenía mis dudas de que fuera a decirlo, pero por lo visto es una chica de palabra. Para la próxima fiesta me animaré a pedirle algo más laborado.

Un par de personas parpadean. El cretino ha alzado tanto las cejas que están a punto de desaparecerle en el pelo.

Uno por uno, me saludan con la cabeza o me sonríen inseguros. Todos ellos parecen bastante descolocados. Un chico muy atractivo con la piel aceitunada me tiende la mano y estrecha la mía en un alarde de cercanía y espontaneidad. Si yo les hablara de los dos besos españoles… La mano del chico está algo fría por la bebida que estaba sosteniendo, pero su sonrisa es cálida. La luz se refleja en su boca, y me parece atisbar algo de metal en su lengua, pero cierra los labios demasiado rápido como para estar segura.

—Soy Zed. ¿Cuál es tu especialidad? —me pregunta.

Iba a responderle que se me da terroríficamente bien caminar a oscuras, pero entiendo en el último momento que se refiere a mi carrera. Advierto que repasa con la mirada mi recatada ropa y sonríe ligeramente, pero no dice nada.

—Filología, aparentemente —digo.

Hardin resopla.

Dios. Y ahora qué tripa se le ha roto.

—Genial —dice Zed—. A mí me van las flores. —Se echa a reír. Yo no.

Los estadounidenses no es que tengan mucha chispa contando chistes.

En fin, me alegro por ti, Flower Power.

—¿Quieres tomar algo? —añade.

—No, no bebo —contesto, y él intenta ocultar su sonrisa.

Sí bebo, pero no aquí, y me niego a aguantar a un montón de gente insistiéndome. Odio a la gente, pero no tanto como odio a la gente que insiste.

—Tenía que ser Steph quien trajera a la señorita Remilgada a una fiesta —dice entonces entre dientes una chica menuda con el pelo rosa.

Señorita. Remilgada.

Vaya insulto de abuela que me acaban de lanzar como quien no quiere la cosa. De hecho, es uno de esos insultos con la asombrosa capacidad de dejar peor a la persona que lo dice que a la persona a quien va dirigido. Es como llamar a alguien carca. O super pija de la muerte. Estos estadounidenses…

Me encojo de hombros y miro fijamente al retaco del pelo chicle.

—Ya, bueno, no todo el mundo puede emborracharse con un bombón de licor —Me oigo decir.

Menos mal que no he bebido.

A mi alrededor se hace el silencio y la chica se ruboriza y baja la vista. Ah, el típico complejo de perro pequeño. En fin, qué mejor momento que este para apreciar la belleza del cielo nocturno. En la última fiesta en la que estuve acabé forcejeando con uno de estos ejemplares y lo último que quiero es repetir la experiencia. Al menos en esta casa no hay piscina a la que puedan intentar arrastrarme.

Odio tantísimo a la gente.

—¿Sabéis qué? Me voy fuera —digo, y giro sobre mis talones para marcharme.

—¡¿Quieres que vaya contigo?! —grita Steph a mis espaldas.

En el fondo es un encanto. Le hago un gesto vago con la mano, de espaldas, mientras me dirijo a la puerta. En estos momentos añoro tanto estar en pijama, acurrucada con una novela. Nah, Zarza, piensa en el relato. Va a merecer la pena. Soy una aventurera en un terreno hostil e irritante. Supongo que de estar en mi habitación también podría estar hablando por Skype con Noah, mi supuesto novio, por eso de conocerlo un poco y tal. Argh, cuando pienso que dentro de un rato querré dormir y no podré, me entran ganas de matar a todo el mundo.

Al final decido mandarle un mensaje a Noah, un poco por ver qué me responde, y me acerco a un rincón del jardín que parece menos masificado.

«Ey, ¿qué tal? Yo estoy en una fiesta. Es increíble lo irritante que me resulta todo cuando estoy de mal humor».

Le doy a «Enviar» y me siento en un muro bajo de mampostería para esperar su respuesta. Un grupo de chicas borrachas pasan por delante de mí, entre risitas y tropezando con sus propios pies. Una de ellas lleva una, espero, calcomanía de Hello Kitty en el tobillo. Otra lleva una camiseta de Ariel con gafas de pasta y se ha puesto suficiente maquillaje como para construirse una casa de adobe en un momento. Otra se tambalea como un cervatillo en sus tacones de equilibrista, delicados y transparentes como el cuello frágil de una copa de cristal. Solo que son de plástico y se hunden en la tierra húmeda, salpicando hierba y barro a cada paso. Cielos. Cuánta vulnerabilidad. Me rompe el corazón y me da tanto asco a la vez… Saco a toda prisa mi cuaderno y me pongo a apuntar.

Noah responde al instante:

«¿Qué? ¿Qué haces en una fiesta? Estoy muy decepcionado, Zarza. Dime dónde estás».

WTF.

Parece ser que en esta historia mi padre nos abandonó a los diez años, y por lo visto eso me ha dejado muy tocada, porque salgo con él.

Le respondo por no dejarle con la intriga, porque soy así de benévola:

«En una fiesta :D»

—¡Mierda, perdona! —dice una voz masculina, y un segundo después veo llover sobre mi cuaderno de ideas.

Mi cuaderno.

Joder. Van a rodar cabezas.

—¡Retrasado! —le increpo al desgraciado al que se le ha ocurrido asesinar mi bloc con su bebida. Me levanto de un salto con los hombros tensos, arqueados casi a la altura de las orejas.

El tipo tropieza, se incorpora y se apoya contra el muro bajo.

— Lo siento, de verdad —farfulla, y se sienta. Tiene la cara pálida y suda profusamente. Calculo que va a vomitar en breves, mejor poner a salvo el resto de mis pertenencias.

Mi cuaderno apesta a alcohol, y es un olor dulzón y repugnante. La tinta se emborrona a marchas forzadas. Intento sacudirlo.

Agh, no. Lo que necesito es un secador de pelo.

Entro en la casa en busca de un cuarto de baño. Voy a necesitar un milagro para encontrarlo y otro para que no haya nadie usándolo de picadero. Me abro paso entre el atestado vestíbulo y pruebo a abrir las puertas que me encuentro por el camino, pero gracias a Dios están todas cerradas. Lo que me faltaba a estas alturas es irrumpir en mitad de un polvo.

Estoy tan, pero tan furiosa que veo que me voy a cargar a alguien y ni siquiera se me va a ocurrir limpiar la escena del crimen. No. Estoy tan cabreada que voy a firmar el cadáver.

Me dirijo al piso de arriba y continúo mi búsqueda del baño. Por fin, una de las puertas se abre y me asomo con aprensión.

Como me temía, no es un baño. Es un dormitorio y, para mayor desgracia para mí, Hardin está tumbado sobre la cama, con Mon Cheri a horcajadas sobre su regazo, cubriéndole la boca con la suya.

Dios es un sádico retorcido y yo no debo de caerle muy bien.

Aunque no puedo evitar admirarle como escritor, cosas que pasan.

En fin, Zarza, recuerda: despacito y con buena letra. Hora de hacerse la sueca.


Capítulo 8

La chica del pelo rosa se vuelve y me mira antes de que pueda escabullirme sin ser vista.

—¿Puedo ayudarte en algo? —pregunta con cinismo.

Hardin se incorpora, con ella todavía sobre su torso. Su rostro no refleja diversión ni vergüenza, ni siquiera hastío porque les he interrumpido. Me da un poco de pena ver tanto desapasionamiento, aunque no estoy segura de si por él o por ella.

—Pues… de hecho, sí. ¿Dónde está el baño? —Me niego a sentirme incómoda en esta situación. La integridad física de mi cuaderno depende de mí.

Mon Cheri pega la boca contra el cuello de Hardin, que por algún motivo sigue incorporado, mirándome con cara de póker.

Francamente, eso es incómodo.

—Sigue buscando —dice ella.

Me da pena no tener nada en la mochila que pueda tirarle a la cabeza.

—Mira, Petit Suisse, si no vas a ayudar, no te ofrezcas —replico, poniendo los ojos en blanco. Y salgo de la habitación.

Supongo que podría intentar encontrar a Steph y preguntarle a ella indicaciones para ir al baño. Igual consigo orientarme y todo. Otra opción que tengo es intentar secar mi cuaderno en el horno, o con papel absorbente, en caso de que por un casual me cruce con la cocina.

Resulta que a veces Dios y yo somos colegas, porque bajo las escaleras y la siguiente habitación que me encuentro es, precisamente, la cocina. Y por cierto, está plagada de gente, ya que la mayor parte del alcohol se encuentra en cubos con hielo sobre la encimera, y las cajas de pizza están apiladas sobre los bancos. Uhmmm, pizza.
Tengo que estirar el brazo por encima de una chica morena que está vomitando en la pila para coger un poco de papel absorbente. Lo presiono contra las hojas de mi cuaderno, pero el papel se lleva parte de la tinta. Menudo apaño.

Frustrada, me apoyo contra la encimera y bufo. La chica que está vomitando en la pila pega un respingo y me mira un momento antes de volver a lo suyo.

—¿Lo estás pasando bien? —pregunta Nate mientras se acerca a mí.

Me sonríe con dulzura y da un sorbo a su bebida.

—Sí, yo es que bufo de contento. ¿Cuánto suelen durar estas fiestas?

—Toda la noche... y la mitad del día siguiente. —Se ríe, y yo me quedo boquiabierta.

He cometido un importante error de cálculo. He subestimado el aguante de los universitarios estadounidenses. ¿Cuándo querrá irse Steph? Ostras. Esto podría ser un problema.

—Ya… —murmuro, intentando mantener la calma—. ¿Y quién va a llevarnos de vuelta a la residencia? —le pregunto, consciente de que tiene los ojos inyectados en sangre.

—No lo sé... Puedes conducir tú mi coche si quieres —propone.

Vaya. Qué… generoso.

¿Cómo diablos se conduce un coche sin marchas? ¿Y cómo diantres piensa venir él a recogerlo?

—Gracias, de verdad, pero no creo que vaya a saber arreglármelas con tu coche. ¿A no ser que por un casual tengas uno europeo?

—Es un trayecto corto, seguro que te apañas. Deberías coger mi coche. Tú no has bebido. De lo contrario, tendrás que quedarte aquí. O, si lo prefieres, pregunto por ahí a ver si alguien...

Oh, qué cielo de chico. Dudo mucho que vaya a encontrar a nadie sobrio, pero ganas no le faltan. Si finalmente me quedo aquí tirada voy a intentar pegarme a él.

—No te preocupes. Me las apañaré —consigo decir antes de que alguien suba el volumen de la música y no se oiga nada más que un bajo y unas letras que son prácticamente berridos.

Conforme va avanzando la noche, veo cada vez más claro que voy a tener que descartar la opción de coger un autobús. Me queda por investigar el tema de los taxis o si puedo volver al campus andando. ¡Esto parece un trabajo para Adventurous Zarza!


Capítulo 9

Encuentro el horno, pero está lleno de cacharros y cervezas y hay demasiada gente a mi alrededor como para que me pueda poner a trastear. Después de preguntarle a Nate a gritos un par de veces dónde está el baño, escribo en una página medio seca de mi cuaderno la pregunta. Él asiente y se echa a reír. Aleluya. De pronto levanta la mano y señala hacia la habitación de al lado.

Me vuelvo en la dirección que me ha indicado y me encuentro a Steph. Está bailando con dos chicas sobre la mesa del salón y parece completamente bebida. Un tipo borracho se sube también y empieza a agarrarla de las caderas. Ella se limita a sonreír y a restregar el trasero contra él. No estoy segura de qué tipo de consentimiento puede dar en estas condiciones. ¿Debería bajarla de la mesa?

—Sólo están bailando, Zarza —dice Nate, y suelta una risita al ver mi expresión de inquietud.

—No se trata de eso —respondo—. No estoy escandalizada. Estoy… indecisa.

El que estaría escandalizado es Noah, si estuviera aquí. No hay más que ver el tono paternalista de su mensaje. Probablemente le daría un ataque, y sería tan divertido de ver.

Hablando de Noah. Me llevo la mano al bolso y compruebo mis mensajes.

«¿Estás ahí, Zarza?»

«¿Hola? ¿Estás bien?»

«¿Zarza? ¿Llamo a tu madre? Estoy empezando a preocuparme».

Y… sí. Es oficial: estoy saliendo con mi padre.

Aparentemente tengo un madre loca, así que lo de llamarla me parece una amenaza seria. No sé si llegaré a tiempo para impedirlo, pero busco el nombre de mi novio en la agenda y pulso la tecla de llamada.

Y no contesta. Maldita sea, seguro que está hablando con la desquiciada. A este tipo pienso dejarlo en breves. Le mando un mensaje para asegurarle que si ha llamado a mi madre me voy a encargar personalmente de matarlo. Y de firmar su cadáver.

—¡Eeehhh..., Zarza! —exclama Steph arrastrando las palabras, y apoya la cabeza sobre mi hombro. El corazón se me sube a la garganta. ¿De dónde diantres ha salido esta niña? Nunca antes había visto a un borracho capaz de semejante sigilo—. ¿Lo estás pasando bien, compi? —Le da la risa tonta, y es evidente que está demasiado ebria—. Creo que... necesito... La habitación me da cuentas, Zarza..., digo, vueltas —dice riéndose, y su cuerpo se inclina violentamente hacia adelante.

Hora de poner pies en polvorosa.

—Va a vomitar —le digo a Nate, quien asiente, la coge y se la echa sobre el hombro.

No soy una experta. Ahora bien, dudo que cogerla de improviso y ponerla bocabajo, con tu hombro en su tripa, vaya a ayudar mucho. Pero, vamos, que es tu camiseta.

—Sígueme —me indica, y se dirige al piso superior.

Abre una puerta a mitad del pasillo y resulta ser el baño, por supuesto. Hago una discreta marca con el bolígrafo cerca del dintel. No pienso volver a perder este cuarto, y desgraciadamente sé que no va a ser gracias a mi sentido de la orientación.

Justo cuando Nate deja a Steph en el suelo junto al retrete, mi compañera empieza a vomitar. Oh. Eso sí que es condicionamiento pavloviano. Eso, o yo tenía razón: a la gente con náuseas no le gusta que se le espachurre la tripa. Me acerco a Steph y le sujeto el pelo rojo para retirárselo de la cara y le hago un moño un poco más práctico. Mientras ella sigue echando hasta la primera papilla, yo me dedico a hurgar por los cajones en busca de un secador. No hay suerte. ¿Estos tipos nunca se secan el pelo?

Después de un rato mirando tristemente mi cuaderno, me doy cuenta de que Steph ha dejado de vomitar, y Nate me pasa una toalla.

—Vamos a llevarla a la habitación que hay al otro lado del pasillo y a tumbarla sobre la cama. Tiene que dormir la mona —dice. Yuju, me va a tocar hacer de niñera—. Puedes quedarte ahí también — añade él, como si me leyera la mente.

Juntos, la levantamos del suelo y la ayudamos a caminar por el pasillo hasta un dormitorio oscuro. Enciendo la lámpara, porque me parece una locura maniobrar con una persona borracha en penumbra, y tumbamos con cuidado a Steph sobre la cama mientras ella gruñe. Nate se apresura a marcharse y me dice que vendrá a ver cómo estamos dentro de un rato. Me siento en la cama al lado de Steph y me aseguro de que tenga bien apoyada la cabeza, no sea que se ponga a vomitar y se ahogue, o algo por el estilo.

Me giro y mi vista repara inmediatamente en las estanterías de libros que cubren una de las paredes. Oh, curioso. Me acerco para ojear los títulos.

Quienquiera que posea esta colección es una wannabe de manual. Son todo clásicos, con una preocupante abundancia de novelas de Jane Austen y las hermanas Brontë. Hay una edición antediluviana de Cumbres borrascosas, muy deteriorada.

Los libros maltratados me dan ganas de leer.

Saco mi libro de la mochila, me siento en la cama y me dejo llevar por las palabras de Cormac McCarthy.

Me quedo tan absorta leyendo sobre hermosos caballos que ni siquiera me percato del cambio en la luz cuando la puerta se abre ni de la presencia de una tercera persona en el cuarto.

—¿Qué coño haces tú en mi habitación? —brama una voz furiosa desde la puerta.

Reconozco ese acento.

Es la señora Doubtfire.

No. Es Hardin. Señor, y ahora qué.

—Te he preguntado qué coño haces en mi habitación —repite con la misma rudeza que la primera vez.

Me vuelvo y veo sus largas piernas acercándose a mí. Me quita el libro de las manos y lo coloca en la estantería.

—¡Oye, tío, que ese es mío! —le increpo, incorporándome de un salto. Agarro mi libro y lo arranco de la balda, abrazándolo contra mi pecho.

Hardin extiende la mano como para quitármelo de nuevo, pero se detiene a medio camino. Frunce el ceño.

—¿Qué?

—Que este lo he traído yo de casa —insisto. Abro la cubierta y le señalo con el dedo mi nombre escrito en una esquina. Luego voy pasando las hojas y le enseño mis dibujos en los márgenes y las anotaciones—. Es mío. ¿Ves? No me lo quites.

Parece que durante un momento no sabe qué decir. Finalmente señala una de las páginas con una sonrisa entre incrédula y socarrona.

—¿Eso es un gato con gabardina?

—Uhm. ¿No? —Señalo un dibujo que ocupa toda la hoja; los trazos de lápiz pasan sobre el texto impreso—. Es un muchacho montado sobre un caballo de nubes y tempestad. Están galopando con el viento para huir de los relámpagos, pero no pueden, porque el caballo está hecho de la misma tormenta y el espíritu del chico también.

Al principio no responde. Observa fijamente el dibujo, la boca fruncida. Dice:

—No, ah… Me refería a ese —Apunta con el dedo a un garabato en una esquina.

—Ah —Lo miro de cerca—. Sí, es un gato con gabardina.

Nos quedamos callados. Si fuera Steph me estaría haciendo la ola. Este es un público poco entregado.

Aprovecho para guardar el libro en mi mochila. Por si acaso.

Hardin se aclara la garganta y se cruza de brazos. Levanta la barbilla y me observa desde arriba.

—Bueno. Que te he preguntado ya tres veces que qué coño haces en mi habitación. No sé a qué esperas para responderme.

Pero cómo se puede tener tanto morro.

—Ya… Verás, no soy yo precisamente la que tiene antecedentes de sordera con este tema. Sé un poco consecuente con tus actos. Dios. No me puedo creer el numerito que me has montado antes, en la residencia. ¿A ti te parece normal que alguien te diga que te vayas de su habitación para que pueda vestirse y tú te niegues? Evidentemente no, porque aquí estás, todo cabreado porque el señor tiene a alguien en su cuarto. Hipócrita.

—Mira, Zarzarilla, si eres una mojigata… —Avanza hacia mí y hay algo profundamente violento y condescendiente en su tono de voz y en su forma de moverse que me pone los pelos de punta.

Lo cual solo me cabrea aún más. Adiós instinto de supervivencia. Un placer haberte conocido.

—No actúes como si fueras gilipollas, Hardincillo —le interrumpo, poniéndome de puntillas y enseñando los dientes al hablar—. Tú y yo sabemos que no tiene nada que ver con que yo me sienta cómoda o no estando desnuda delante de un desconocido. Se trata de establecer límites. Si quieres que la gente respete los tuyos, la mínima cortesía es que tú respetes los de los demás. ¡Capullo!

—¡¿Capullo?! —repite con una mueca y los hombros echados hacia delante. Tiene la mandíbula tensa y doy un paso hacia atrás.

Respiro agitadamente. Tengo la adrenalina tan por las nubes que me tiemblan las rodillas y las manos y tengo el cuerpo helado. Aprieto los puños. Zarza, no tirites, esto es ridículo.

Hardin tiene una cara de mala leche que asusta. Se acerca más y suspira sonoramente.

Bah, de perdidos al río.

—Ni siquiera quiero estar aquí. Me has preguntado qué hago en tu cuarto. ¿A ti qué te parece? Ha sido Nate el que ha traído a Steph, que es tu amiga, por cierto, por si te acuerdas, y que está tan borracha que no puede ni tenerse en pie —Señalo la cama y sus ojos siguen la dirección de mi mano—. Y a la que evidentemente no voy a dejar sola porque todo el mundo va desfasadísimo y porque, Dios, ¿sabes cuáles son los ratios de violación en Estados Unidos? Y Nate ha dicho…

—Ya te he oído la primera vez. —Se pasa la mano por el pelo alborotado, claramente contrariado. Aprieta los dientes, pero da un poco menos de miedo que hace un momento.

—Ya, bueno, creo que ya hemos dejado claro cuál de los dos es el que tiene antecedentes de sordera. No me culpes si actúo en consecuencia —Resoplo y me restriego una mano crispada contra la cara—. Mira, siento estar en tu habitación. No sabía que era…

Me quedo callada de golpe. Le miro con los ojos como platos.

—Espera. ¿Esta es tu habitación? ¿Perteneces a esta fraternidad? —le pregunto, incapaz de ocultar el tono de sorpresa de mi voz. Me preocupa un poco que haya tardado tanto en procesarlo.

—Sí, ¿por? —replica, y se acerca otro paso. El espacio que nos separa es ahora menos de medio metro y, cuando intento alejarme de él, mi espalda golpea la biblioteca—. ¿Tanto te sorprende, Zarzarilla?

—Qué va. Esto explica tantas cosas. Hardincillo.

Así a lo tonto me tiene acorralada.

—No sé por qué te molesta tanto. Es tu nombre, ¿no? —Sonríe con malicia, de repente de mejor humor.

Suspiro. Ya hay que ser corto. Esto lo hemos hablado hace un momento.

—No, mi nombre es Zarza. Pero incluso si fuera Zarzarilla, el hecho de que a mí no me guste debería bastar para que tú lo respetes. En especial si te fastidia que te llame Hardincillo.

¿Soy yo o este tipo está cada vez más cerca?

Me escabullo y paso por su lado.

—No puede quedarse aquí —dice, refiriéndose a Steph. 

Vaya una forma abrupta de cambiar de tema.

Cuando me doy la vuelta, veo que Hardin tiene el pequeño aro que atraviesa su labio inferior entre los dientes, como pensativo.

—Creía que erais amigos.

—Y lo somos —dice—, pero nadie se queda en mi habitación.

Eso suena… Ominoso.

Y comprensible. Si yo tuviera gustos tan victorianos para los libros tampoco querría que nadie lo supiera.

Cruza los brazos sobre el pecho y, por primera vez desde que lo conozco, distingo la forma de uno de sus tatuajes. Es una flor, estampada en medio de su antebrazo. ¿Hardin con un tatuaje de una flor? Suena a coña. ¡El Hardincillo ha florecido! Me mondo yo sola.

Se me escapa una carcajada. No sé qué me pasa esta noche. Juro que no he bebido.

—Acabo de caer en la cuenta… Dios, eres de lo que no hay. No quieres que nadie esté en tu cuarto, pero no te importa meterte en habitaciones ajenas a liarte con Mon Cheri. Con el asco que da además que otra pareja use tu cama. ¡Arrggh!

Conforme las palabras salen de mi boca, su sonrisa se va intensificando.

—Si lo que intentas decir es que quieres montártelo conmigo, lo siento, no eres mi tipo —replica.

Hasta luego.

De verdad que no sé por qué me molesto.

—Venga, Hardin, tú y yo sabemos que eres un poco más inteligente que eso —De pronto estoy tan cansada—. En fin..., qué quieres que te diga. Llévala tú a otro cuarto. Yo voy a ver si puedo llamar un taxi o me apaño con el coche de Nate. Si puedo, me la llevo al campus —digo, y me dirijo a la puerta.

Mientras salgo y cierro tras de mí, incluso a pesar del ruido de la música, oigo la burla de Hardin:

—Buenas noches, Zarzarilla.

A tomar por saco.

Me doy la vuelta y, bruscamente, asomo la cabeza por la puerta. Le miro con los ojos desorbitados.

—Ortiga está en camino —anuncio.

Me llevo el dedo índice a los labios y me alejo de espaldas, con la mirada fija en él hasta abandonar su campo de visión. Me encierro en el baño y, entonces, ya sí, rompo a reír salvajemente.


Capítulo 10
Oigo sonar el móvil, y me dedico a buscar desesperadamente en el agujero negro que es mi mochila con la esperanza de coger la llamada a tiempo. Es Noah.

—¿Zarza? Es tarde, ¿estás bien? —dice cuando descuelgo.

—Preocúpate por ti, porque como se te haya ocurrido llamar a mi madre no vas a tener campo para correr —le amenazo.

—Pero ¿qué haces en una fiesta? ¿Te ha llevado esa chica pelirroja?

—Sí, Steph. Te la pasaría, pero en este momento está inconsciente. Y ahora que lo pienso, la he dejado sola con un cretino. Repámpanos. Espero que esté bien.

—Pero ¿cómo se te ocurre salir con ella? Es tan... Bueno, no es alguien con quien tú te relacionarías habitualmente —dice, con tono de reproche.

Es duro ser políticamente correcto cuando estás siendo un capullo.

Voy a contestar a Noah, pero entonces alguien intenta abrir la puerta del baño y me pongo en guardia. Que no cunda el pánico. A lo mejor si no me oye se va.

La manilla vuelve a moverse.

—¡Un momento! —le digo a la persona que está fuera.

Me miro en el espejo y me doy cuenta de que, como siempre, se me ha emborronado la raya. Esa es una de las razones por las que no suelo maquillarme. Otra de ellas es mi pereza infinita. Me restriego los párpados con el dedo.

—Ahora te llamo; alguien necesita entrar en el baño —le digo a Noah, y cuelgo antes de que proteste.

La persona que está al otro lado de la puerta empieza a aporrearla. Dios, hay pocas cosas en este mundo que odie más que la gente que aporrea la puerta de los baños. Lo ooooodio. Lo odio con toda mi alma. ¿Qué crees que puede estar haciendo alguien ahí dentro, genio? ¿Jugar al parchís? ¿Hablar por teléfono?

…Oh.

Bueno, qué diantres, quienquiera que esté aporreando la puerta no puede saber que estaba hablando con mi futuro exnovio. Gruño en voz alta y abro.

—¡He dicho un mom...!

Me detengo al instante al encontrarme de frente con unos penetrantes ojos verdes.

A este tipo voy a regalarle una trompetilla.


Capítulo 11

No, no es Steph, que por un milagro ha vuelto al mundo de los vivos. Estos ojos verdes son de Hardin, y no los tiene feos. Me mira con sorpresa y aparta la vista rápidamente cuando paso por su lado.

Me agarra del brazo y trata de meterme de nuevo dentro.

Da fuq.

—¡Ey! —grito soltándome de un tirón—. Pero ¿qué cable se te ha cruzado?

—¿Has estado llorando? —pregunta en tono curioso.

Raya, yo te maldigo.

—Uhm, no.

Se coloca delante de mí, y su alta figura bloquea mis movimientos.

¿Por qué todo lo que hace Hardincillo es tan rapey? Esa es la cuestión.

—Si quieres hablar conmigo puedes decirlo —le informo, cruzándome de brazos—. Es muy siniestro y muy, muy amenazante que utilices la fuerza física o ese lenguaje corporal tan invasivo para hacerme entrar en una conversación. O para impedirme que la abandone.

Una chispa de confusión se refleja en su mirada antes de abrir la boca. Se queda observándome durante un instante antes de hablar.

¿Mensaje recibido?

—Hay una habitación al final del pasillo donde puedes dormir. He llevado a Steph allí —se limita a decir.

Espero un segundo a que diga algo más, pero no lo hace. Simplemente me mira.

Pues nada, creo que hace tiempo que las líneas están cortadas.

—Vale, gracias —digo, y se aparta de mi camino.

—Es la tercera puerta a la izquierda —me indica. Después se marcha por el pasillo y desaparece en su cuarto.

Oh, eso ha sido muy útil. Me gusta cuando la gente es útil.

La tercera habitación a la izquierda es un dormitorio sencillo, mucho más pequeño que el de Hardin, y tiene dos camas. Se parece más a las de la residencia que al amplio espacio del que disfruta él aquí. Steph yace tumbada en la cama que está más próxima a la ventana, de modo que me quito los zapatos y la cubro con una manta antes de cerrar la puerta con el pestillo y de tumbarme en la otra.

Me quedo dormida en aproximadamente diez segundos.

Es una siesshhta.


Capítulo 12

Al despertarme necesito un momento para recordar los acontecimientos de la noche anterior que me llevaron a este extraño dormitorio. Steph sigue dormida, roncando sonoramente con la boca abierta.

Me desperezo, porque hay pocas más maravillosas que desperezarse.

Decido averiguar cómo vamos a volver a la residencia antes de despertar a Steph: lo último que quiero ahora es lidiar con una resaca. Me pongo rápidamente los zapatos, cojo la mochila y salgo del cuarto. Espero encontrar a Nate, o al menos su coche. ¡Adventurous Zarza!

Sorteo los cuerpos durmientes que hay en el pasillo y me dirijo al piso inferior después de haber sacado unas cuantas fotos con el móvil. Esto es oro.

—¿Nate? —lo llamo con la esperanza de oír una respuesta. Estaba borracho, no creo que haya podido volver a casa.

Hay al menos veinticinco personas durmiendo sólo en el salón. El suelo está repleto de vasos rojos de plástico y de basura, y francamente, parece el apocalipsis. Por lo que me había dicho Nate esperaba que esto estuviera vivo hasta mediodía. Me siento estafada.

Espera, ¿qué hora es?

Un pensamiento: la gente inconsciente estorba. Sortearlos sin pisarles la cara requiere de una paciencia y una pericia que no creo poseer.

He perdido la cuenta de cuántos vasos he volcado en mi exploración. Limpiar después de una fiesta tiene que ser un infierno. Me tapo la boca con la mano al bostezar.

—¿Qué tiene tanta gracia?

No me estaba riendo, pero vale.

Hardin acaba de entrar en la cocina con una bolsa de basura en la mano. Pasa el brazo por la encimera y deja caer los vasos en el interior.

Oh, qué responsable y madrugador ( al menos en comparación con la marabunta de zombies que hay por el suelo. Sigo sin saber qué hora es). Le veo muy apañado limpiando, aunque eso de leer mis emociones sigue sin ser lo suyo.

—Muchas cosas —digo, encogiéndome de hombros—. ¿Sigue Nate por aquí? ¿O su coche?

No me contesta y continúa limpiando.

Trompetilla. YA.

—¿Está o no por aquí? —pregunto de nuevo, esta vez medio bufando—. Cuanto antes me respondas, antes me marcharé. Y menos probabilidades habrá de que te arranque una oreja.

—Vale, ahora tienes toda mi atención —Oh, no sabía yo que lo de la oreja fuera una amenaza con tanto fundamento—. Pues no, no está. No vive aquí. ¿Te parece el típico chico de fraternidad? —dice con una sonrisa maliciosa.

—No, no tiene aspecto de violador en potencia —le espeto riéndome, y su mandíbula se tensa.

Se acerca a mí, abre el armario que tengo junto a la cadera y saca un rollo de papel de cocina.

—Oye, ¿qué dijimos ayer sobre el lenguaje corporal invasivo? Si necesitas que me aparte basta con que hables —le comento—. Por cierto, ¿hay alguna parada de autobús por aquí cerca?

—Sí, a una manzana.

Lo sigo por la cocina.

—Ajá. ¿Y podrías decirme dónde está la parada?

—Claro. Está a una manzana de distancia. —Las comisuras de su boca se curvan hacia arriba, mofándose de mí.

—A los ingleses tampoco se os da muy bien el tema de los chistes —comento pensativamente.

Hardin frunce el ceño.

En fin, seamos realistas. Cualquier indicación de buena fe que me hubiera dado habría resultado igual de útil para mi sentido de la orientación que la gracia que me acaba de soltar. La solución es siempre Google Maps.

Pongo los ojos en blanco y salgo de la cocina.

Me dispongo a despertar a Steph, quien lo hace con sorprendente facilidad y me sonríe. Oh. Una resacosa amable. Cuándo cesarán los milagros.

—Hardin dice que hay una parada de autobús por aquí cerca —le digo mientras bajamos la escalera juntas—. Pero igual podemos ir dando un paseo.

—No vamos a coger el puto autobús. Uno de estos capullos nos llevará a la residencia.

Eso ya suena más a resaca.

—Seguramente Hardin sólo te estaba tomando el pelo —continúa. Y apoya la mano en mi hombro. 

Y yo miro su mano. En mi hombro.

Ehh… sí, definitivamente. Pobrecita yo. Ha sido traumático.

Cuando entramos en la cocina y vemos a Hardin sacando algunas latas de cerveza del horno, Steph se cruza de brazos.

—Hardin, ¿nos puedes llevar de vuelta ahora? Me va a explotar la cabeza.

—Claro, dame un minuto —dice él, como si hubiese estado esperándonos todo el tiempo.

Durante el trayecto de vuelta a la residencia, Steph se pone a tararear la canción heavy que está sonando a través de los altavoces y Hardin baja las ventanillas. Se pasa todo el camino callado, tamborileando absorto el volante con sus largos dedos.

Yo me giro hacia mi ventana. Sacudo la cabeza y el pelo vuela a mi alrededor. Me río.

—Luego me paso, Steph —le dice Hardin a mi compañera cuando ella baja del coche.

Me encanta que me consulten.

Ella asiente y se despide de él con la mano mientras yo abro la puerta trasera.

—Adiós, Zarzarilla —me dice él con una sonrisa maliciosa.

—Espero que no le tengas demasiado aprecio a tu oreja, Hardincillo —Já. ¡Ahí, donde duele!

Hora de poner un par de quejas de estudiantes.


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Y eso es todo.

Dejadme deciros que dilucidar quién es el personaje más tonto de esta historia es todo un reto.

No os quiere,


Z.

9 comentarios :

  1. Simplemente brillante. No sé si lo tienen planeado, pero me encantaría ver qué pasa cuando llegue Ortiga :3

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  2. Ja, con estos capítulos te has superado mucho zarsarilla. Me has hecho reír un montón. Y si, ojala salga ortiga.
    ¡Saludos!

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  3. ¡Hola!

    Yo también estoy con vosotras: ¡que salga Ortiga! :D

    Sí, Zarza. Me he estado preguntando durante todos estos capítulos quién es más tonto: el novio (próximamente ex) sobreprotector y completamente insoportable o el Hardincillo al que me dan ganas de matar.

    Es que no lo entiendo. Menos mal que le das otra personalidad a la prota, porque ya me la estoy imaginando intimidada por ese tío. Ugh. Y también pasa eso con «Cincuenta sombras», que como al protagonista masculino le da ganas de dominar, le dejan hacerlo.

    ¿Desde cuándo doy yo discursos feministas? No, en serio.

    Te has superado con estos capítulos, tu protagonista mola un montón. Ojalá publicarais libros o fics con ese tipo de gente (¿o ya lo habéis hecho? Siempre he tenido curiosidad).

    Hala, me despido. ¡Un beso!

    Ate, A.

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  4. ¡Hola!

    Este libro es peor cada vez que lo vuelvo a leer (como mi profesora no me ponga un 10 por mi capacidad de sacrificio por la crítica puede que le queme el despacho y secuestre a su hijo) y aquí sólo mejora porque Zarza es genial y tiene lógica, no como los protas, que se gritan incluso para discutir si pisar o no el césped es malo para la salud de la mariquita común.

    Creo firmemente que habría que ponerlos en fila y darles de bofetadas con un guante de cobre. ¿Podríais hacerlo por mi? ¡Ortiga, espero tus refuerzos! Hardin no podría hacer nada contra vosotras :D Malas Hierbas, sois mi única esperanza.

    ¡Un beso enorme!

    Camino.

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  5. Hola Zarza.

    Copio por aquí las preguntas que hice en la entrada de el nombre del viento porque de verdad me interesa la respuesta y parece que ya no lles las entradas antiguas y Ortiga no quiere contestarme.

    → Una duda que creía que estaba entendiendo las cosas y me has roto los esquemas. ¿Que se cuente la historia no está ya justificado por el propio núcleo si este existe? ¿Hace falta una justificación para contar la historia que a su vez existe para transmitir un núcleo? ¿Eso no es volver al cuentacuentos de toda la vida y obligar a que todos los libros empiecen con alguien que va a contar una historia por lo que sea?

    Otra pregunta. ¿Con vuestros criterios no hay ningún libro perfecto verdad? ¿O podéis darme algún ejemplo de libro bien escrito a nivel gramatical; que no tenga resumen narrativo, no sea explicativo, use desfamiliarizaciones y metáforas cojonudas sin received text; tenga buenos personajes con ambas autoridades, conflictos y evolución; con un núcleo apoyado por toda la narración y una buena selección de elementos? ¿Existe o son cosas ideales y solo te puedes acercar lo mas posible? ←

    Besos.

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  6. "Es muy siniestro y muy, muy amenazante que utilices la fuerza física o ese lenguaje corporal tan invasivo para hacerme entrar en una conversación. O para impedirme que la abandone." ¡Aplausos! Esas escenitas suelen ser sinónimo de seducción, pero me encanta que le hayas dado el significado correcto.

    Y tengo esperanzas con Nate para Zarzarilla. Es que no puedo resistir mucho tiempo a las Shipping Goggles. Al lado del padre-novio y del tatuado con complejo de macho cabrío, creo que el único chico amable de la fiesta es el mejor. Con qué poco me conformo, jaja.

    La apuesta del más tonto en la fiesshta es demasiado para mí. Hay tanta competencia que no se me ocurre nada aparte de un empate técnico entre todos, como para que se queden contentos.
    ¡Espero ver cómo sigue! :D

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  7. Querido anónimo, tengo que admitir que sí había leído tus comentarios sobre El nombre del viento, pero estos días estoy muy liada (y la conexión a internet en el bosque es muy mala), así que en cuanto vuelva a Madrid en un par de días te contesto.

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  8. Yo vengo a ver si hay capítulo nuevo y de paso comento algo para anónimo y sus preguntas: ¿No será que estás confundiendo núcleo con moraleja? Porque las fábulas se cuentan para llegar a la moraleja, si mal no recuerdo.

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  9. Odiar a la gente debe ser cosa de escritores, digo, si hasta en los fics pasa es por algo ¿no?

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