Donde la literatura y la maldad se toman un té

lunes, 8 de agosto de 2016

El Hardin de las Malas Hierbas, After - La fiesshta II

Bu.

He vuelto. Con otra fiesshhta.



Capítulo 13

El resto del fin de semana me dedico a hacer la compra y a responder emails de Ortiga. Aparentemente le ha salido un acosador de lujo que se dedica a proponerle extravagantes ofertas laborales y a presentarse en la ferretería donde trabaja (a unas cuantas horas de distancia en coche de donde él vive) bajo la excusa de que «pasaba por allí».

Steph de vez en cuando aparece por el cuarto y me mira con cara rara cuando me encuentra riéndome como una psicótica delante de la pantalla del portátil.

«Dioses, Ortiga, me muero. Es evidente que es la primera vez que stalkea a alguien. Es hilarious. Es… hasta tierno. Como un tiranosaurio dando sus primeros pasos. 

Eso sí, asegúrate de librarte de él antes de que crezca».

También hago un esfuerzo por vencer mi hastío social y convencerme de que debo poner una queja contra Hardin en el centro de estudiantes de la universidad esa misma tarde. Mi pereza natural contraataca con otro esfuerzo por convencerme de que, de hecho, lo mejor que puedo hacer es dejarlo para el lunes, antes de las clases.

Lo cual es, evidentemente, un plan abocado al fracaso porque para ello debo llevar a cabo una hazaña inconquistable: madrugar.

En mi defensa tengo que decir que pongo el despertador y todo, pero mi cerebro es creativo, y se dedica a buscar causas improbables para la alarma y excusas aún más improbables para ignorarla.

Shhhh. Estás soñando, no es real. Continúa durmiendo para poder levantarte temprano e ir a poner la queja por la mañana.

Agh. Es Hardin, que quiere hacerte la vida imposible impidiéndote descansar. Lo mejor es que lo ignores y sigas durmiendo.


¡Es la alerta anti dinosaurios! Pero no tienes que preocuparte. Los velocirraptores son tus amigos de la infancia.

Vale, sí, es la alarma, ¡pero hoy es tu cumpleaños! Nadie debería madrugar el día de su cumpleaños.

Está bien, es la alarma y no es tu cumpleaños, pero ¿no te acuerdas? La pusiste con dos horas de antelación. Aún puedes dormir cuatro horas más.

Ya sé que la alarma sigue sonando, pero hoy es tu no-cumpleaños. Nadie debería madrugar el día de su no-cumpleaños. Sabes que es cierto.

Al final me espabilo con el despertador de Steph y me doy cuenta de que el mío sigue intentando, incansable, despertar a las dos estudiantes en coma de esta habitación. Criatura.

Anoche me duché a las tres de la mañana, aprovechando que no había nadie, y caminé a oscuras por los pasillos, descalza y en pijama. Las sábanas estaban fresquitas y me olía el pelo a campo y a mi colonia favorita. Una ocasión para disfrutar de pequeños placeres y un plan razonable y previsor, teniendo en cuenta que el despertador de mi compañera de cuarto suena con solo quince minutos de margen para llegar a clase.

En cinco minutos me he vestido y me he lavado los dientes, y solo cuando me estoy acercando al edificio de las aulas me doy cuenta de que llevo una bota de cada. Oh, bueno.

Tendré que ir a poner la queja después de clase.

Ahora que lo pienso Steph no se ha despertado. La llamo por teléfono, pero me cuelga. Uhm. Quizás se ha puesto el despertador con mucha antelación para su primera clase y aún le queda tiempo. Quizás es su cumpleaños. O quizás… no. En fin. Puesto que parece que ambas tenemos el mismo problema, deberíamos hacer una especie de alianza para sacarnos de la cama. Se lo propondré también esta tarde.

Resulta que el edificio junto al que me encuentro no es donde tengo mi primera clase. No me he perdido, que no cunda el pánico. Solo tengo que sacar el mapa del campus de mi mochila.
Bah. Quizás debería volver a mi cuarto y seguir durmiendo.

No, Zarza, no. Vas a ir a clase, van a hablar de libros, seguro que te lo pasas bien. Seguro que no haces amigos ni tienes que aguantar a gente insoportable. Todo. Va. A. Salir. Bien. ¡Adventurous Zarza!

Consigo llegar mágicamente al aula correcta y me doy cuenta de que solo hay una persona aparte de mí, sentada en la primera fila. Me siento yo también en primera fila, pero lo más lejos posible. El tipo me sonríe y se sienta a mi lado.

Sabía que tenía que haberme vuelto a dormir.

—Landon Gibson —me dice con una sonrisa radiante.

Uh. Es de esos.

No respondas James Bond. Por favor.

—Ah. Yo me llamo Zarza —le contesto con cautela.

Odio a la gente que dice su nombre y apellido así a las bravas. Y odio el hecho de que sean capaces de hacerlo sin reírse. Me da tanta vergüenza ajena que me entran ganas de golpearles la cara con algo contundente.

Durante el tiempo previo a la clase, el tipo se dedica a ignorar mis intentos por mirar al frente y se dedica a contarme su vida: estudia Filología Inglesa y tiene una novia que se llama Dakota. Lamentablemente no tengo ningún pin a mano. Ni tampoco un libro. Con el que golpearle la cara contundentemente.

La gente va llegando al aula y el friki este se acerca al profesor cuando entra para presentarse formalmente. Rápido, Zarza, este es el momento de cambiar de asiento, antes de que vuelva. Desafortunadamente no quedan huecos libres en primera fila.

El día pasa sin pena ni gloria, y llego a la última clase del día con el tiempo justo. Me siento en uno de los pocos sitios libres cerca de la pizarra con un suspiro.

—Hola de nuevo —dice Landon con una sonrisa mientras me acomodo.

Socorro.

Mientras el profesor nos explica nuestras listas de lecturas, la puerta del aula se abre y Hardin entra en clase.

—Tsk. Genial —digo entre dientes.

—¿Conoces a Hardin? —pregunta Landon.

—Es amigo de mi compañera de cuarto. No es que nos llevemos muy bien —digo.

Y, al hacerlo, los ojos verdes de Hardin miran fijamente los míos.

Miro a Landon y le pregunto:

—¿De qué lo conoces tú?

—Es... —Se detiene y se vuelve ligeramente para mirar por detrás de nosotros.

Levanto la vista y veo a Hardin sentándose a mi lado. Landon permanece callado durante el resto de la clase, sin apartar la vista del profesor ni un segundo. Me alegro.

Lamentablemente para que uno se calle, el otro tiene que estar presente. Yo así no hago nada.

En cuanto acaba la clase recojo mis cosas y salgo, antes de que me dé un ataque de angustia social y vuelva a posponer la queja en el centro de estudiantes.

Landon se pega a mí y me habla mientras salimos, pero no es el único. Me doy cuenta de que Hardin camina a mi derecha y doy un respingo.

—Eh, ¿querías algo?

—Nada. Nada. Es sólo que me alegro tanto de que coincidamos en una clase —dice en tono burlón antes de llevarse las manos al pelo, agitarlo y dejarlo caer sobre su frente.

Err… Hay perritos a los que les ponen kikis para que esto no les ocurra.

—Nos vemos luego, Zarza —dice Landon antes de marcharse.

—Tenías que hacerte amiga del chico más soso de la clase —suelta Hardin mientras observa cómo se aleja.

¿Amiga? Dios, espero que no.

—No como tú, que eres el que mola más fuerte de nuestro campus —Sonrío y pestañeo.

Se vuelve de nuevo hacia mí.

—Cada vez que hablamos te vuelves más beligerante, Zarzarilla.

—Tú en cambio sigues igual de cargante, Hardincillo —Él se echa a reír.

Supongo que físicamente es un chico salado, pero está para encerrar.

Echo a andar hacia mi residencia (me parece un tanto incómodo poner la queja con él delante) y él sigue caminando junto a mí. No habremos dado ni veinte pasos cuando de pronto me grita:

—¡Deja de mirarme!

Coño.

Brote psicótico a las tres en punto.

Hardin dobla una esquina y desaparece por un pasillo.

Yo vuelvo sobre mis pasos. Esa queja ha esperado demasiado.

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Capítulo 14

Pasa una semana de clases y a Steph y a mí nos va razonablemente bien con nuestro pacto para ayudarnos a madrugar. Me las apaño para no faltar y llevar las cosas al día. Me siento absurdamente orgullosa de mí misma.

Es viernes y estoy en la cola de la cafetería para pedir un chai latte y un bollo como premio.

—Eres Zarza, ¿verdad? —dice una voz femenina que tengo detrás.

Al volverme veo a Mon Cheri, observándome con una expresión amable.

¿Es su gemela bondadosa? ¿La doctora Jekyll?

—Sí —respondo, y me vuelvo de nuevo hacia el mostrador en un intento de evitar establecer más conversación.

—¿Vas a venir esta noche a la fiesta? —pregunta.

Me doy la vuelta para decirle que no, cuando añade:

—Deberías. Va a ser genial.

Oh, bueno. En ese caso.

Pongo los ojos en blanco y contesto:

—Lo siento, tengo planes.

—Vaya. Sé que Zed quería verte. —Ese era Flower Power, ¿verdad? Levanto las cejas, pero ella sólo sonríe—. ¿Qué? Justo ayer estuvo hablando de ti.

—Ahm, okay... pero, aunque así fuera, tengo novio —Aún. Nota mental: dejar a Noah este fin de semana. La sonrisa de Mon Cheri se intensifica.

—Qué pena, podríamos haber tenido una doble cita —responde. Pone cara de lástima.

—Ah… No, gracias. Tú me caes bien, pero tu otra personalidad es una borde.

Le doy la espalda para pedir mi té y mi bollo. Y me largo de allí. No pienso comer delante de ella.

En clase de literatura británica, Landon y Hardin se me sientan uno a cada lado y yo ya paso de intentar disimular mi cara de hastío. Afortunadamente Landon sale media hora antes de clase porque se va a visitar a su novia. El profesor anuncia que la próxima semana empezaremos con Orgullo y prejuicio. Pongo los ojos en blanco.

Al salir de clase, Hardin camina junto a mí, y estoy muy tentada de gritarle algo absurdo y acusador para que sepa de primera mano lo divertido que es cuando alguien tiene un brote psicótico en tus inmediaciones.

—Deja que lo adivine —dice—: estás perdidamente enamorada del señor Darcy.

—Eres consciente de que es un personaje literario y no existe, ¿no?—contesto sin mirarlo a los ojos.

—Ya, bueno —Se ríe, y continúa siguiéndome por la bulliciosa acera—. Todas las mujeres que han leído la novela lo están.

—De acuerdo, replanteemos mi comentario de antes. Eres consciente de que soy consciente de que Darcy es un personaje literario y no existe, ¿no? —replico.

Me viene a la cabeza el recuerdo de la inmensa colección de novelas que tiene Hardin en su habitación. A lo mejor es a él al que le gusta Darcy y quiere hablar sobre lo estupendo que es.

—Pero, piénsalo, ¿un hombre rudo e insufrible convertido en un héroe romántico? —continúa él a su rollo—. Es absurdo. Si Elizabeth tuviese algo de sentido común, lo habría mandado a la mierda desde el principio.

Cada loco con su tema. Me sonrío.

—De hecho… Eso es justo lo que hace, ¿no? Al principio le rechaza.

Al levantar la vista veo que Hardin me está sonriendo y tiene hoyuelos.

—¿No estás de acuerdo en que Elizabeth es una estúpida? —Enarca una ceja.

—Es un poco pánfila —digo encogiéndome de hombros.

Él se echa a reír de nuevo, pero al cabo de unos segundos, al sorprenderse riéndose a gusto conmigo, para de repente y sus risas se disipan. Algo destella en sus ojos.

—Ya nos veremos, Zarza —dice, y a continuación da media vuelta y desaparece en la dirección por la que hemos venido.

Da. Fuq.

Al menos no se ha gritado a sí mismo «¡Deja de reírte!» antes de desaparecer abruptamente. Parece que no, pero yo estas cosas las agradezco.

De pronto mi móvil empieza a sonar, y cuando lo cojo resulta ser mi novio.

—Hola, Zarza. No me llamaste —dice Noah con la voz entrecortada y algo distante.

—Anda, se me olvidó. Además, he estado yendo a clase. Menos mal que ya es viernes.

—¿Vas a ir a otra fiesta? Tu madre aún está decepcionada.

Lo sabía. Maldito cretino.

—Hemos terminado —digo.

Y cuelgo.

Cuando llego a la habitación Steph me suplica que la acompañe a otra fiesta (supongo que se refiere a la que me mencionó la amable doctora Jekyll). Aún no he acabado el relato que empecé y me gustaría reunir algo más de material, así que hacemos otro trato: yo voy y ella se dedica a darme información. Trucos de profesores, preguntas de exámenes, trabajos y todo aquello que me ayude a sobrevivir a la universidad y llegue a sus oídos.

Salgo ganando por goleada.

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Capítulo 15

Mientras nos arreglamos, Steph se dedica a hablarme de la reputación de Hardin de terror de las nenas y de que Mon Cheri está saliendo esta semana con Flower Power.

Me he negado a pintarme. Esta vez llevo unos vaqueros nuevos que me quedan apretadísimos (a´´un no he hecho la colada y no tengo otros) y una camiseta beige con los hombros de encaje. Y no un cuaderno, sino dos, además de mis provisiones habituales.

Una vez en la fiesta, me pongo cómoda en el sofá y me dedico a leer a Joseph Conrad.

De pronto, aparece Hardin.

—Estás... diferente —dice después de una breve pausa. Recorre mi cuerpo de arriba abajo con la mirada y vuelve a subirla y a fijarla en mi rostro. Ni siquiera se esfuerza en hacerlo con algo de disimulo. Yo permanezco con las cejas enarcadas hasta que sus ojos se encuentran con los míos—. Esta noche llevas ropa de tu talla.

Eso es discutible.

Pongo los ojos en blanco.

—Me sorprende verte aquí —dice.

—Ya, el mundo es un pañuelo —replico, y sigo leyendo.

Unas horas después, Steph está borracha de nuevo. Como todos los demás. No ha pasado nada interesante para mi relato y empiezo a tener sueño. No creo que me quede mucho más.

—¡Juguemos a Verdad o Desafío! —balbucea Zed, y su pequeño grupo de amigos se reúne alrededor del sofá.

O a los tazos, por qué no.

Mon Cheri le pasa una botella de alcohol transparente a Nate, y él le da un trago.

Yo estoy bebiendo de mi botella de agua mientras leo. La tengo a mis pies, junto a la mochila. Si no estuviera tan cómoda aquí sentada me marcharía. Ugh, gente.

—Tú también deberías jugar, Zarza—sugiere la señora Hyde con una sonrisa malévola.

—No me interesa —replico.

—Para jugar tendría que dejar de ser una mojigata durante cinco minutos —señala Hardin, y todos se echan a reír excepto Steph.

—O volver a tener once años —respondo mientras paso la página— Dejadme adivinar: también jugáis mucho a Botella.

Soy más o menos consciente de que el juego avanza a mi alrededor. Mon Cheri enseña un pecho, Hardin se quita la camiseta, Steph confiesa que tiene un piercing en un pezón, Zed se bebe una lata de cerveza de un trago, y yo leo sobre un corazón en tinieblas preguntándome hasta qué punto se puede hablar del mal y hasta qué punto se puede hablar de estupidez.

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Capítulo 16

—Hardin, ¿verdad o desafío? —pregunta Mon Cheri.

Él responde desafío, cómo no.

—¿A que no te atreves... a besar a Zarza? —dice ella, y le regala una falsa sonrisa.

Hardin abre unos ojos como platos.

Sigue soñando.

—No, gracias —replico, y todos se ríen a mi alrededor.

—¿Qué más da? Es sólo un juego. Tú hazlo —dice Mon Cheri, presionándome.

—Es sólo un juego en el que no estoy participando —les recuerdo— Pídele que bese a otra persona que sí esté interesada.

Hardin no me mira, sino que se limita a dar un sorbo a la bebida que tiene en el vaso.

Voy a beber yo también de mi botella y durante un momento todos me miran expectantes. Después de dar un trago larguísimo del líquido transparente entiendo por qué. Esto no es agua. Los muy zumbados me han dado el cambiazo con vodka.

Me arde la garganta. Toso mientras a mi alrededor todos se ríen como desquiciados.

Mon Cheri me echa una mirada triunfante y maliciosa y agita la botella de vodka vacía que se han estado pasando durante todo el juego.

—Nunca digas de esta agua no beberé —me sugiere, riéndose.

Me incorporo de golpe y de pronto me doy cuenta de que la he duchado con el alcohol de mi botella. A nuestro alrededor se hace el silencio.

Mon Cheri está temblando de rabia, pero al ver que todos la miran borra su mueca de asco y sonríe entrecerrando los ojos. Se lleva dos dedos al escote para recoger algo de alcohol. Se los chupa, sacando la lengua y enroscándola en torno a ellos. Le guiña un ojo a Zed y los chicos silban.

—¿Contenta? —me pregunta.

—Sí —le espeto—. Ahora es más fácil prenderte fuego.

Agarro mis cosas y desaparezco entre la multitud, dejando atrás silencio y miradas atónitas.

Acabo en el baño, sentada en el suelo.

Se me ha ido la cabeza. Hacía tiempo que no me pasaba.

Estoy temblando y me abrazo las piernas. Apoyo la frente contra las rótulas, intentando absurdamente contener el vértigo. El alcohol siempre se me sube demasiado rápido. Quiero irme a casa, a un lugar que sea solo mío, pero en esta historia no existe ninguno.

Si vomitara dejaría de sentirme así. Eliminaría el alcohol, podría pensar con claridad.

Si vomitara.

Sería tan fácil.

Me clavo las uñas cerca de los tobillos. El dolor es casi delicioso, punzante contra el hueso. No, no, no voy a vomitar. Nadie va a vomitar. Me miro los pies y tengo la piel del empeine salpicada de medias lunas.

La solución es caminar, y eso es lo que hago, de lado a lado del baño. Caminar, caminar, caminar. Hasta que alguien llama a la puerta y, aunque intento hacerme invisible, sigue llamando, no deja de golpear la puerta hasta que salgo. Sigo caminando por el corredor, pero no soporto estar en el pasillo. Tengo la sensación de que en cualquier momento aparecerá alguien. Aunque vaya a la residencia sigo compartiendo cuarto con Steph, y Hardin y cualquiera de sus amigos puede entrar cuando le venga en gana. ¿Cuánto tarda en procesarse una de esas quejas contra estudiantes?

Si pudiera encontrar la habitación donde dormimos Steph y yo, podría buscar un sitio donde esconderme. Quizás haya uno de esos armarios/vestidores que tienen en Estados Unidos, y pueda refugiarme allí. No me atrevo a volver al campus.

Voy probando puertas hasta que acabo en una habitación que me resulta familiar. Tiene un armario convencional, así que me siento en el suelo con las piernas apretadas contra el pecho.

Bueno, Zarza, cambia esa cara. Pensándolo bien, el juego de Verdad o Atrevimiento es una adquisición decente para el relato. Sobre todo si voy a hablar de inocencia y fragilidad. Deja ya de ser tan ridícula. Nadie tiene un ataque de pánico por una tontería como esta.

Lleno uno de los cuadernos de anotaciones inquietas, más o menos incoherentes. Las palabras parecen deshilachadas e inconexas sobre el papel. Ni siquiera me doy cuenta de que alguien ha entrado en la habitación hasta que no habla.

—¿Qué parte de que «Nadie entra en mi habitación» no has entendido? —ruge Hardin. Su expresión iracunda me estremece y lo miro con ojos llenos de pánico. Creo que me han empezado a temblar las manos. Se me cae el cuaderno.

Debo de estar poniendo una cara de terror extremo, porque frunce el ceño y no dice nada.

Dios, qué vergüenza. Sólo me falta ponerme a llorar.

—Ya, ya, lo siento. El ala oeste está prohibida —digo poniendo los ojos en blanco. Me río.

Mucho mejor.

—Largo —dice con los dientes apretados.

Me recuerda a mi hermana, aquella vez que… Sólo que en este universo no tengo hermana. Me río aún más.

—¡No tienes por qué ser tan capullo! —le espeto como si ladrara. Sigo sonriendo y me noto los dientes afilados, salvajes, y el corazón como el de un pájaro u otra criatura pequeña.

—Estás en mi cuarto, otra vez, después de que te dijera que no entraras. ¡Lárgate! —me grita acercándose a mí.

Me doy cuenta de que estoy llorando y, entonces ya sí, rompo a reír como si me ahogara.

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Capítulo 17

Hardin me mira. Su mirada se ha vuelto vacilante.

—Oye, ¿estás bien?

—Buena pregunta —digo, entre risas. Me restriego las mejillas bruscamente, pero sin arañarme—. Todo esto es tan ridículo. Sois los amigos de mi compañera de cuarto, ¿por qué es tan difícil que mantengamos una relación de civilizada indiferencia? Ni siquiera estoy diciendo que seamos amigos.

—¿Nosotros? ¿Amigos? —Se echa a reír y levanta las manos—. ¿Acaso no es evidente por qué no podemos ser amigos?

Se me ocurren varios motivos, pero no me había parado a pensar en cómo debe de ser desde su punto de vista.

—No.

—Pues… Mira, para empezar, eres una estirada. Seguramente te habrás criado en la típica casita perfecta de revista, idéntica al resto de las viviendas del vecindario. Tus padres te compraban todo lo que querías y nunca tuviste que anhelar nada. Con tu estúpida ropa de monja..., en serio, ¿quién se viste así con dieciocho años?

Se me corta la risa en seco. Le miro con las cejas enarcadas y la cabeza levemente inclinada hacia un lado.

—Así que has decidido por tu cuenta qué tipo de vida he llevado, y eso te parece un motivo razonable para tratarme mal —Sonrío un poco—. Una vida perfecta. ¿Existe siquiera algo así? ¿Hay una sola persona en este mundo que no haya anhelado nunca nada? ¿Y desde cuándo que tus padres te compren todo lo que quieres es un parámetro sólido para medir la felicidad? No sabes nada de mí, pero no importa, ¿verdad? No. No me compraban todo lo que quería. ¿Has visto a mi madre? Está loca de atar. Tengo un padre alcohólico del que no sé nada. Y puede que mi ropa te parezca estúpida, pero a la que le tiene que gustar es a mí.

Veo que sus manos forman puños. Como si le cabrease lo que acabo de contarle.

—¿Sabes qué? No tengo ni idea de qué tipo de vida has llevado tú, aunque a veces pienso que ha tenido que ser una muy jodida. De todas maneras, yo tampoco tengo ningún interés en ser amiga tuya, Hardin —le digo, y alargo el brazo hacia el pomo de la puerta.

—¿Adónde vas? —pregunta él entonces.

—A la parada del autobús para volver a la residencia.

—Es demasiado tarde para coger el autobús sola.

Me vuelvo de nuevo para mirarlo.

—Ya, bueno. Dudo mucho que nadie vaya a acompañarme.

—No he dicho... Sólo te lo estoy advirtiendo. Es una mala idea.

—Bueno, Hardin, No tengo muchas opciones. Todo el mundo está borracho, incluida yo.

—¿Siempre lloras en las fiestas? —pregunta ladeando la cabeza, aunque sonríe ligeramente.

—Yo no lloro nunca.

Alargo la mano hacia el pomo de nuevo y abro la puerta.
—Zarzarilla... —dice en un tono tan suave que apenas si lo oigo. Su expresión es difícil de interpretar. La habitación me da vueltas y me agarro al armario que tengo a mi lado—. ¿Estás bien? —pregunta.

Vuelvo a reírme.

—Buena pregunta —repito.

—¿Por qué no descansas aquí unos minutos y luego vas a la parada del autobús?

—Pero… ¡Esta prohibido! —digo, con ojos desmesuradamente abiertos. Sonrío de medio lado al sentarme en el suelo y apoyo la cabeza contra el armario.

—Creo que sólo necesito un poco de agua —añado, y me dispongo a levantarme.

—Toma —dice apoyándome una mano en el hombro para que no me levante y pasándome su vaso rojo.

Pongo los ojos en blanco y lo aparto.

—He dicho agua, no cerveza.

—Es agua. Yo no bebo —replica.

Yo a este tío lo mato.

—Y teniendo tan particulares principios, ¿no se te ocurrió que podría no hacerme gracia que me cambiarais el agua por vodka? —le pregunto, la voz helada.

Una parte de mí no deja de gritarme, porque ha sido una broma estúpida, pero he bajado la guardia lo suficiente como para dejar que suceda. Y quién sabe qué otras cosas podrían haber sucedido.

—Sacas lo peor de mí —farfulla.

—Vaya, qué halago —le respondo.

Se aleja y se sienta en la cama con las piernas en lo alto.

Cojo el vaso de agua y le doy un trago. Al hacerlo, advierto un ligero sabor a menta. El agua impacta 
contra el alcohol que tengo en el estómago y ya no siento tanto calor.

Al cabo de unos minutos de silencio, Hardin dice:

—¿Puedo hacerte una pregunta?

La mirada en su rostro me indica que debería responderle que no, pero la habitación todavía no está del todo estable, así que pienso que hablar a lo mejor ayuda.

—Claro, aunque no te aseguro que vaya a responder —digo.

—¿Qué quieres hacer después de la universidad?

Lo miro, esta vez con nuevos ojos. Eso es, literalmente, lo último que esperaba que me preguntara. Bueno, mentira: hay otras cosas que me esperaba menos. Pero esto me ha pillado de sorpresa.

—Quiero ser escritora y trabajar como profesora de bachillerato.

Él no responde, sólo asiente, pensativo.

—¿Esos libros son tuyos? —pregunto, como si nada.

—Sí —farfulla.

Ah, ya sabía yo que le daba corte.

—¿Cuál es tu favorito?

El Hardin secreto. Me río yo sola.

—No tengo favoritos —contesta.

—Ah. Puedo entender eso.

Suspiro y tiro de un hilito de mis vaqueros.

—¿Sabe el señor Perfecto que estás en una fiesta otra vez?

—¿El señor Perfecto? —repito. Lo miro de nuevo.

—Tu novio. Menudo pringado.

—Ya no es mi novio, pero, vamos, no es mala gente —Me encojo de hombros.

Hardin pone cara de sorpresa y despliega una de sus sonrisas con hoyuelos. Luego se echa a reír, y yo me levanto para estirar las piernas.

—¿Que no es mala gente? ¿Es eso lo primero que te viene a la cabeza al hablar de tu novio? Ese es el  eufemismo que utilizas para no llamarlo aburrido.

—No lo conoces.

Pensándolo bien, yo tampoco.

—Ya, pero sé que es aburrido. Salta a la vista, con esa chaqueta de punto y esos mocasines...

Hardin inclina la cabeza hacia atrás muerto de la risa.

—¿Qué problema tienes con la ropa de la gente? —replico. Cojo el agua y bebo otro sorbo—. De todos modos, aburrido es un concepto que depende de los intereses de la persona. Para mí el epítome de lo aburrido son vuestros juegos de patio de colegio.

—Mira, ha estado saliendo dos años contigo y no te ha follado todavía, me lo ha dicho Steph. Eso es todo lo que necesito saber.

Hasta luego.

Hardin tiene una sonrisa cruel.

Me levanto como puedo agarrándome a la estantería con los libros para estabilizarme.

—¿Que no me ha foll…? Mira, ni él es un perro en celo, ni yo soy la pata de un mueble. El sexo es una cosa recíproca, no algo a lo que la mujer deba ser coaccionada, ni algo que tenga que aguantar estoicamente. Ya deberías saberlo, Casanova.

Un par de libros se caen al suelo cuando me agacho a coger mi mochila y salgo de la habitación. Me tambaleo por la escalera y me abro paso a través de la multitud en dirección a la cocina.

Siento tanto asco.

Me encuentro con Flower Power y le pregunto por mi compañera de cuarto, pero me dice que se ha ido con un tal Tristan.

Vaya perra. En fin.

—¿Sabes si hay autobuses toda la noche? —le pregunto también.

Flower Power se encoge de hombros, y justo entonces la melena rizada de Hardin aparece delante de mí.

—¿Zed y tú...? —dice en un tono que soy incapaz de descifrar.

Me levanto y lo empujo para pasar, pero él me agarra del brazo.

—Esta conversación ya la hemos tenido, Hardin.

—Sólo me estaba preguntando por el autobús — aclara Zed.

—Relájate... Son las tres de la mañana. No hay autobuses. Tu recién estrenado estilo de vida ha hecho que te quedes aquí tirada otra vez. —El brillo en los ojos de Hardin al decir eso es tan socarrón que me dan ganas de pegarle—. A no ser que quieras irte a casa con Zed...

Cuando me suelta el brazo, vuelvo al sofá con Zed para preguntarle por los taxis. Hardin se queda donde está, asiente por un momento y da media vuelta indignado.

No tengo ni idea de qué está ocurriendo.

Flower Power no sabe nada de los taxis, pero me promete ayudarme a buscar la habitación donde dormimos Steph y yo la otra vez.

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Capítulo 18

Encontramos la habitación, y en la penumbra parece que está libre.

Zed me sonríe.

—Yo voy a volver andando a casa; si te apetece venir... Tengo un sofá en el que puedes dormir —propone.

Soy incapaz de dilucidar si me está tirando los trastos o no, y no quiero correr riesgos.

—Creo que voy a quedarme aquí —contesto.

Su rostro refleja una ligera decepción, pero me ofrece una sonrisa comprensiva. O sea, sí, me estaba tirando los trastos. Me dice que tenga cuidado y me da un abrazo de despedida. Cierra la puerta al marcharse y yo cierro el pestillo.

Me tumbo. Estoy medio amodorrada cuando oigo un ruido en la otra cama.

—No te había visto nunca por aquí —balbucea una voz grave en mi oreja.

Mierda.

Doy un brinco y su cabeza me golpea en la barbilla.

Tiene la mano apoyada sobre la cama, a tan sólo unos centímetros de mis muslos. Su respiración es pesada, y huele a vómito y a alcohol.

—¿Cómo te llamas, encanto? —exhala, y a mí me dan arcadas.

Socorro. Justo a esto me refería cuando hablaba de las fiestas de fraternidad.

Levanto un brazo para empujarlo y alejarlo de mí, pero no funciona.

Él se echa a reír.

—No voy a hacerte daño... Sólo vamos a divertirnos un poco —dice, y se relame los labios, dejando un hilo de saliva colgando sobre su barbilla.

Socorrosocorrosocorrrosocorro.

Se me revuelve el estómago y lo único que se me ocurre es propinarle un rodillazo en los testículos con toda la fuerza de la que me veo capaz. Se agarra la entrepierna y retrocede como puede. Yo aprovecho la oportunidad y salgo disparada. Mis dedos temblorosos abren el pestillo. Corro por el pasillo, donde varias personas me miran como si fuera un bicho raro.

—¡Vamos, vuelve aquí! —Oigo que grita con su voz desagradable no muy lejos de mí.

Sí, espera, que voy.

Por extraño que suene, a nadie parece sorprenderle que un tipo persiga a una chica por el pasillo.

—¡Gracias por la ayuda, cabrones! —les grito, sin dejar de correr.

Se encuentra a tan sólo unos metros de distancia, pero por suerte está tan borracho que no para de tambalearse contra la pared. Mis pies se mueven a su libre albedrío, y me llevan por el pasillo hasta el único lugar que conozco en esta maldita casa. El baño.

Intento girar el pomo bloqueado y aporreo la puerta. Quien quiera que esté dentro me va a oír cuando salga.

—¡Joder! —grito de nuevo, y entonces la puerta se abre.

Y es Hardin.

—Esto no es el baño —le digo.

Me he vuelto a desorientar.

—¿Zarza? —pregunta confundido mientras se frota los ojos con la mano.

Sólo lleva puesto un bóxer negro, y tiene el pelo todo revuelto.

—Aceptamos pulpo —afirmo, asintiendo categóricamente con la cabeza—. Hardin, ¿puedo pasar, por favor? Ese tipo... —digo, y miro a mis espaldas.

Él me aparta y mira por el pasillo. Ve a mi perseguidor, y éste, al instante, pasa de dar miedo a parecer asustado. Me mira una vez más antes de dar media vuelta y volver por el pasillo.

—¿Lo conoces? —pregunto con el ceño fruncido.

—Sí, pasa —dice él, y tira de mi brazo hacia el interior del cuarto.

En la espalda no lleva ningún tatuaje, lo cual es algo extraño, ya que tiene el torso, los brazos y el abdomen repletos. Se frota los ojos de nuevo.

—¿Estás bien? —Su voz suena más ronca de lo habitual.

—Sí..., sí. Siento haber venido aquí y haberte despertado. Ninguno de los capullos de ahí fuera quería ayudarme.

—No te preocupes. —Se pasa la mano por el pelo alborotado y suspira—. ¿Te ha tocado? —pregunta sin rastro de sarcasmo ni de socarronería.

—Lo ha intentado. No me había dado cuenta de que estaba en el cuarto.

Tengo ganas de llorar otra vez. Esto es absurdamente inconveniente.

—No ha sido culpa tuya que haya hecho eso. No estás acostumbrada a este tipo de... situación. —Su tono es amable y totalmente distinto del habitual.

Él golpetea el colchón y yo me siento en la cama con las manos sobre el regazo.

—Claro que no ha sido culpa mía. Ni pienso acostumbrarme. Ningún ser humano debería estar acostumbrado a un intento de violación. No tengo ninguna intención de acostumbrarme —repito.

—No llores, Zarza —susurra Hardin.

Por Dios, no, otra vez no. No me digas que he vuelto a llorar. Vaya noche de mierda.

Él levanta la mano y casi me aparto de un modo reflejo, pero entonces la yema de su pulgar atrapa la lágrima que rueda por mi mejilla.

Levanto la vista y observo cómo se le dilatan las pupilas.

—No me había dado cuenta de lo amarillos que son tus ojos —dice en un tono tan leve que tengo que acercarme para oírlo.

¿En serio, Caperucita?

—Oh. Bueno, a veces sí. La mayor parte del tiempo son marrones… Pero hacen lo que quieren —respondo, encogiéndome de hombros.

Su mano continúa en mi rostro. Honestamente, no sé cuánto tiempo pretende dejarla ahí.

Atrapa el aro que perfora su labio inferior con los dientes y desliza la vista hacia abajo.

Uhh… Mala señal.

Hardin aparta la mano despacio, y decido que es el momento perfecto para marcharme de esta casa de locos. Me incorporo, y de pronto no entiendo nada, y mucho menos qué hacen sus labios impactando contra los míos.

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Capítulo 19

La boca le sabe a menta. Eso es lo único que consigo procesar al principio, por estúpido que parezca.

El tipo me besa con ganas. Levanta las manos y recoge entre ellas mis mejillas antes de bajar las palmas hacia mis caderas. Entonces se aparta un poco y me da un leve beso en los labios.

—Zarza —exhala, y vuelve a pegar rápidamente la boca contra la mía y a introducir su lengua en ella.

Ostras. Pero en qué entuerto me he metido yo ahora.

Hardin tira de mis caderas para acercarme a él e intenta tumbarse sobre la cama sin interrumpir nuestro beso. Este sería un buen momento para detener lo quiera que esté pasando aquí.

Despegarse de él es tan difícil como tirar de una ventosa, pero al final lo consigo.

—Hardin..., para —digo. Tengo la voz grave y noto la boca rara.

No se detiene.

—¡Hardin! —repito, esta vez con voz clara y firme, y entonces me suelta el pelo. ¿En qué momento me ha agarrado el pelo? Cuando lo miro a los ojos, veo que están más oscuros, aunque ahora parecen más cálidos, y sus labios están más rosados e hinchados de besarme—. He bebido —le recuerdo.

Se queda quieto. Tiene la mandíbula apretada y está ruborizado, pero asiente. Se aparta de mí y se acerca al armario, del que saca una camiseta negra.

Se me ocurre que Mon Cheri ya me odia, y no es ese un fuego al que quiera echar más leña.

—Oye, ¿te importaría no comentar nada de esto?

Veo que su espalda se queda rígida con la camiseta a medio poner. Termina de bajarse la tela y se gira hacia mí.

—Créeme, yo tampoco quiero que nadie se entere —me espeta—. Deja de hablar de ello.

—Por favor, deja tú de ponerte a la defensiva, no van por ahí los tiros —replico, poniendo los ojos en blanco—. Simplemente prefiero mantener mi privacidad. Dios… Ahora mismo todo me resulta muy confuso.

—Pues no te confundas —me increpa, cruzándose de brazos y subiendo la voz—. No vayas a pensar que porque me has besado, básicamente en contra de mi voluntad, ahora tenemos alguna especie de vínculo.

Joder.

Me paso la mano por la cara. No sé quién ha dejado una taladradora en mi sien, pero me gustaría que se la llevara.

—Tú y yo sabemos que eso no es verdad, pero incluso si fuera cierto… ¿En serio, Hardin? Hace menos de cinco minutos que un tío ha intentado forzarme. ¿De verdad quieres ir por ahí? Pues, oye, enhorabuena. Cada día te superas. Nunca se me hubiera ocurrido que podrías llegar a ese nivel de hijoputismo.

Me levanto, cojo mi mochila y me dirijo hacia la puerta.

Veo la duda en la cara de Hardin. Frunce el ceño.

—Puedes pasar aquí la noche, ya que no tienes adónde ir —dice en voz baja, pero yo niego con la cabeza.

—No, gracias —replico, y me marcho.

Cuando llego a la escalera, me parece oírlo gritar mi nombre, pero sigo avanzando. Fuera, mi piel agradece notar la fresca brisa. Me siento en el pequeño muro de piedra y enciendo el móvil de nuevo. Son casi las cuatro de la mañana.

Con algunos rezagados deambulando alrededor, y sin saber qué hacer, miro el teléfono y veo que tengo varios mensajes, de Noah y de mi madre. Lo que me faltaba.


Cielos, qué noche más horrible.

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Y hasta aquí por hoy.

¿Os hemos dicho que la universidad de Ortiga en su fanfic y la mía en este están como a tres horas? Se avecina un cameo.

No os quiere,

Z.

6 comentarios :

  1. A medida que leía se me iban ocurriendo comentarios, pero todo quedó en esto:
    ¡SIIIIIIIIIII, cameos!
    :DDDD

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  2. ¡Cameos! ¡Wiiiii! Eso va a estar bueno.

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  3. ¡Hola!

    ¡Sííííí! ¡Cameos! XDDD Estarían geniales. Seguro.

    A mí se me han ocurrido también muchos comentarios sarcásticos y/o insultatnes hacia los personajes. Últimamente lo hago con todos los fics (y libros) que leo. Madre mía, me encantan estos capítulos. Si es que meter una mala hierba en tu libro o en tu vida tiene que ser lo más XD espero que sigan los capítulos y cameos.

    ¡Un beso!

    Ate, A.

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  4. Creo que todavía estoy alucinando. Si ya le he cogido asco a los personajes en esta versión, no quiero ni imaginarme cómo puede ser la original. Socorro.
    Pero de todos modos también me he reído muchísimo, así que espero una continuación y los cameos.

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  5. ¡Cameos, yey! Y qué horrible eso de poner una escena de beso a continuación de un intento de violación. ¿En el original fue con intención romántica? Dios, no quiero imaginarlo.
    Espero los que siguen.

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  6. Hazaña inconquistable: madrugar. Me suena de absolutamente todo, yo también tengo mi larga lista de argumentos para ignorar el despertador xD
    Cuando Hardin se ha sentado al lado de Zarza he dejado caer la cara hasta el escritorio, creo que me he metido demasiado en la historia xD
    Comienzo a ver el enganche, la sinceridad de esta chica es como la mía, el mundo desearía que no hablemos nunca, ¿cómo se llamaba eso?... ¿honestidad brutal?, ¿cruda?... sabe, pero me alegro de haber hallado el hilo, o terminaría sintiéndome la protagonista.

    Rayos, yo con mis comentarios nada críticos, pero me estoy divirtiendo de lo lindo.

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