Donde la literatura y la maldad se toman un té

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Este puerro es Nosotros después de las doce


¿Qué puerros es esto?

Quiero decir que no me sorprende que haya gente a la que le gusta la manera de narrar de esta autora. Laia Soler tiene preferencia por las historias sencillas y amenas (se mete en más de una camisa de once varas y habla de cosas que no controla, pero al margen de eso… [Zarza: ya, bueno, en lo que se mete esta niña es en unas idas de tarro tremendas, ¿cómo te diría yo? Un chico y una chica que se conocen en la universidad y parece que se gustan y ¡¡ENTONCES!! resulta que son reencarnaciones de hace la tana de años y eran de clases diferentes y él se murió en el Titanic. Una chica se va de viaje a Islandia y conoce a dos chicos y ¡¡ENTONCES!! uno de ellos está muerto y el otro le mantiene vivo encerrando cascadas en tarros. ¿Con qué nos va a deleitar esta vez?]). No se mete a hacerle la cabeza un lío a nadie con sesudísimas tramas cruzadas e intrincados juegos de pistas ocultas: lo que lees es lo que hay y sus historias suelen tener un toque de amabilidad, por decirlo de alguna manera, que entiendo que a algunas personas les pueda parecer entrañable. Tal vez esto es a lo que la gente se refiere cuando hablan de «escribir con sentimiento». La literatura sincera no me parece que sea buena literariamente hablando, pero, como digo, entiendo por qué a la gente le puede gustar.

Lo que sí me hace rechinar un poco los dientes, no obstante, es leer cosas como la descripción de Amazon: «Laia Soler es una de las jóvenes escritoras más talentosas de la literatura juvenil actual». Lo lamento: tengo que discrepar. Me consta que hay otros escritores con mucho más talento que esta mujer. Sí, puestos a comparar, creo que Laia Soler tiene más mérito ahora mismo que, por ejemplo, Laura Gallego, aunque sea solo por un detalle muy sencillo: donde Laia coge y te escribe una sencilla y amena historia de doscientas páginas, Laura se las ingenia para añadirle dos epílogos, un prólogo, tres tramas paralelas, quinientas páginas extra que a nadie le importan y te lo vende como una trilogía de fantasía épica, invariablemente. Pero, ¿sabéis qué?, que puestos a comparar también podría decir que Jorge Cienfuegos, persona de la que seguramente muy pocos habéis oído hablar (si es que alguno lo ha hecho), le da a Laia Soler tres vueltas y todavía regresa y se pone a caminar con ella, porque es así de majo [Zarza y Ortiga: ¡¡Jorge Cienfuegos, TE QUEREMOS!]. Creo que Laura Tejada tiene cuatro veces más intención comunicativa (e interés comunicativo, ya que nos ponemos a ello) que Laia Soler. Pero, en fin, también entiendo que decirle a tus potenciales compradores que escoger tu producto les convierte en personas inteligentes es una de las estrategias de márquetin más viejas del mercado.




Si tengo que ponerme a hablar de este libro en particular, hay varias cosas sobre las que me gustaría poner el acento.

En términos literarios, creo que a Laia Soler le haría mucho bien dejar de utilizar received text. De verdad. No es una chica que escriba tan mal; no es un genio literario, pero la mujer se defiende. Sin embargo, su texto, ya de por sí tirando a plano, no se ve precisamente beneficiado por el abuso de expresiones tan repetitivas (en esta ocasión me estoy fijando especialmente en la expresión «entre pecho y espalda», que parece que en cada libro que escribe esta chica hay una expresión concreta a la que se aficiona. [Zarza: y… ¡hasta ahí llega la construcción de la voz narrativa! O: por desgracia, sí. Y la de las voces de los personajes, que luego la mitad de las veces no se sabe quién habla y toca volver atrás En buscar del último interlocutor señalado, como si fuera una aventura de Indiana Jones]). Y si además se dejase de explicaciones en favor del lector ya sería al releche. Pero con lo del received text por lo pronto yo me daba por satisfecho [Zarza: por si alguien no lo ha notado, Ortiga estos días se nos siente Ortigo. Ortiga: qué furcia eres. Zarza: así que no os sorprendáis si la veis referirse a sí... mismo con adjetivos masculinos. Y tampoco os sorprendáis si nos veis a las demás hacerlo].

Otra cosa que suelo encontrar irritante de los textos de esta autora son los reproches moralistas que sus narradores van soltando por ahí como el que no quiere la cosa (temas medioambientales, por ejemplo). Que, ojo, no vengo a opinar sobre si estoy a favor o en contra de según qué cosas, pero no me gusta demasiado que los libros me intenten adoctrinar: para eso me busco una secta, que al menos ya sé a lo que voy. Esta manía es, en el fondo y en la forma, muy de Laura Gallego, que para algo es una influencia importante de esta quinta de escritores.

Más cosas fáciles de encontrar en Nosotros después de las doce son cosas que no tienen ningún sentido. Tenemos, por ejemplo, que se describan los cuentos de hadas desde la conciencia de una niña pequeña utilizando las palabras «patraña edulcorada». O el momento en el que la madre de la prota le pregunta a su hija si recuerda a otro personaje (este personaje en cuestión es la madre de una amiga inseparable de la prota, esta familia se mudó fuera del pueblo en el que todos viven hace sólo dos años y la prota solía pasarse media vida en casa de la amiga): me queda la duda de si la madre es estúpida, si cree que la estúpida es su hija o si directamente está intentando ser pasivo-agresiva [Zarza: o si tiene Alzheimer. ¿Te acuerdas de quién es esta mujer, hija? ¡Porque yo no me acordaba!].

Luego llegan los momentos en los que el narrador decide romper espontáneamente la cuarta pared e interpelar al lector. Me queda por saber si este recurso está justificado, si la voz narrativa está justificada, vaya, porque es una narración en primera persona (salvo pedazos de por medio narrados en tercera). Como todavía no he acabado la lectura, no tengo ni idea.

Y qué me decís de esto: ¿qué puede haber más original en una historia que una protagonista pelirroja? Sí, queridos hierbajos, Laia Soler pone en práctica las sabias enseñanzas de John Green y su Bajo la misma estrella: las cosas siempre molan más por duplicado [Zarza: oh, es como Cardo y su novio. Ortiga: sí, lo pensé. Sólo que mucho menos adorables].

También me da por preguntarme por qué el nombre del perro de la prota aparece en cursiva. ¿Se lo dicen con sarcasmo? Pobre animal.

Hola, "Frankie".
[Zarza: si algún día tengo un animal le voy a poner un nombre con comillas. Hola, "Patitas".]

O qué tiene de arte este rollo de las «cámaras lomo» [no, Zarza, no se come] que me quiere vender la historia. Algo como que usas carretes usados o caducados para hacer las fotografías y así consigues efectos inesperados, sobreexposición y otras cosas aleatorias e incontrolables. Vamos, que tu intención comunicativa es un cero patatero, porque el efecto depende de cómo te salga de loco el carrete, cosa que no depende de ti y no tienes manera de predecir ni de controlar. Y aún así la prota, que es muy fan de esto, sale por ahí a «buscar inspiración» para sus fotos. ¿Qué inspiración ni qué puerros? Si el trabajo real lo está haciendo el carrete, no me jodas.

¿Os resulta tan preocupante como a mí ver este tipo de
"chistes" circulando por internet?
Y después está el tema peliagudo de que los personajes hacen gala de un amplio muestrario de actitudes y conductas terriblemente machistas y perniciosas: desde el habitual arrinconamiento recurrente de él hacia ella y contenerla físicamente de diversas maneras; pasando por comentarios de terceros del tipo «Haz lo que quieras. Eso sí, yo te lo advierto: Teo no para hasta que consigue lo que quiere» [Zarza: pues no me lo adviertas: denúnciale]; hasta llegar a la confirmación empírica de que, en efecto, este tipo necesita con urgencia que alguien le dé unas lecciones sobre consentimiento. Hay veces en las que ella expresa verbalmente su discrepancia con las acciones de él y le pide parar (cuando él le quita cosas, por ejemplo) y él decide hacer caso omiso de las negativas hasta que logra sus objetivos (morrearse, en el ejemplo anterior). Hay otras veces en las que él pide verbalmente consentimiento y ella procede a reírse en su cara y explicarle que esas cosas no se preguntan, porque se carga el ambiente (claramente, ella también necesita esas lecciones de las que hablábamos). Es escalofriante. Mis ganas de hacerle facepalm a los protas (y asfixiarlos en el proceso) han sido poderosas. Tanto o más escalofriante ha sido también el momento en el que aparece la figura del abuelo a defender la virtud de su nieta de la manera más patriarcal posible:
[abuelo en presencia tanto del chico como de la chica en un lugar público]
«(ella) —¿Desde cuándo tengo prohibido hablar con la gente, abuelo?
(el abuelo) —Desde que hablas con idiotas que solo quieren meterse debajo de tu falda». Que, oye, al menos la niña se cabrea y va a cantarle las cuarenta al abuelo, pero se hace más hincapié en el hecho de que es una falta de respeto hacia el pipiolo que hacia ella como mujer (está bien que se enfade, pero se enfada por los motivos equivocados. En cierto sentido, en realidad, es peor que si no se cabrease en absoluto). A veces me hierve la sangre, no lo puedo remediar [Zarza: a veces me dan ganas de que les hierva a ellos]. En fin, sé que son personajes y que los personajes pueden ser todo lo machistas, insufribles o ignorantes que al autor le dé la real gana, eso no los hace ni mejores ni peores personajes por sí mismo, pero a mí me crispa encontrar esto en un libro para adolescentes porque me da así como en la nariz que la propia Laia Soler quizá no es muy consciente de que el personaje femenino también está sucumbiendo a y reforzando el problema machista de base (me avergüenzas porque has insultado a mi amigo, no por el hecho de haberme insultado a mí dando por sentado que no tengo capacidad o poder de decisión sobre mi propio cuerpo). Igual estoy yo en un error y la autora es plenamente consciente del machismo integrado que demuestra su personaje femenino y de hecho lo ha hecho adrede, qué se yo, pero… habrá que ver cómo termina esto.


Pero para que no digáis que no soy buena, también hay algunas cosas que están bien hechas. He encontrado alguna desfamiliarización que me ha hecho feliz. También hay una comparación (un set de tres comparaciones, en realidad) que, de estar hecho a posta en tanto que set la verdad es que muestra una intencionalidad comunicativa fantástica (si ha sido una agrupación aleatoria es un fail de proporciones preocupantes): «Su nombre suena como una gota cayendo en el tejado. Como un chasquido de dedos. Como un tronco partiéndose por la mitad». Muestra progresión en la intensidad, muestra los sentimientos de la prota hacia el pipiolo sin deletreárnoslos, como algo que crece y resulta más intimidante o que afecta de manera más rotunda [Zarza: si esto ha sido a posta sería MA-RA-VI-LLO-SO. Y además es otra desfamiliarización. Ortiga: lo sé, lo sé. En cambio el nombre del perro suena como a unos dedos haciendo comillas en el aire :D Zarza y Ortiga: AJAJAJAJAJAJA].





En fin, hierbajos, esto es de momento todo lo que tengo que decir de esta novela. Me voy a ir a seguir leyendo, y lo más probable es que luego publique otra entrada porque he llegado a un punto en el que sé que, sí o sí y antes de pasar a otros puerros, tengo que terminar de leer esta historia: es la única manera de averiguar si Laia Soler ha de hecho mejorado un montón en intención comunicativa o mis peores temores se van a ver confirmados. Tengo miedo, el camino por el que está tirando esta historia es... peliagudo.

Os mantendremos informados O.O

2 comentarios :

  1. Holaaa :)
    Todo el mundo habla genial de este libro y de todos los libros que ha escrito Laia Soler y ya era hora de que alguien dijese que no estaba bien con esa autora. Aun no he leído a esta autora pero me enerva ver solo comentarios buenos de un libro.
    Como siempre, me encantan tus entradas :P
    Estaré atenta a la segunda parte.
    Un besito.

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  2. Es buen ver opiniones realistas sobre la literatura juvenil de hoy en día, es que todos la ponen como joyas que obviamente no son, me gustó tu análisis

    :D

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