Donde la literatura y la maldad se toman un té

jueves, 11 de diciembre de 2014

La presa y Kenzaburo Oé

Nueva entrega de Los olvidados, la sección fantasma del jardín. 

No, en serio. Moríos todos.

¿Sabéis? Hoy he tenido una noche extraña.

Eso quiere decir que he tenido pesadillas (suceso bastante habitual en mí), pero además se me ha pegado una canción. Sé que hay gente a la que se le pega una canción cuando están despiertos, pero a mí me sucede de vez en cuando en sueños.

Y es infernal.

Es una maldita tortura, así que no pienso escuchar White Teeth Teens en un mes por lo menos. Lo cual me fastidia, porque me gusta esa canción. Me hace pensar en una especie de Lolita moderna y me dan ganas de escribir relatos sórdidos. Pienso en criaturas salvajes, tiernamente salvajes, radiantes, y a la vez rotas, voraces. Pienso en una violencia ingenua y desesperada. Y quiero escribir sobre ello. Y no tengo tiempo. AGH. Así que he escrito un relato al respecto, pero me he atascado en el final (todo esto en sueños, insisto), y ahora que han pasado varias horas desde que me he despertado no me acuerdo de nada. Además, estaba estresada porque tengo bastantes cosas pendientes para el blog (no soy como Ortiga, que es muy organizada y hacendosa, lo mío es crecer a lo loco), así que en uno de mis sueños he escrito la siguiente entrada, y me ha dado tiempo para preocuparme antes de despertarme porque me parecía que el resultado era demasiado corto.

Afortunadamente de esto sí me acuerdo y me ha dado tiempo de apuntarlo.

Últimamente me ha dado por leer autores japoneses, así que hoy vengo a hablaros de Kenzaburo Oé y una novela corta suya, La presa (en realidad es un relato largo. Os he mentido). De este autor también he leído Arrancad las semillas, fusilad a los niños, y por las similitudes entre ambas historias, también comentaré algunos aspectos de esta otra novela.


La presa es la historia de unos niños en un pueblo japonés durante la Segunda Guerra Mundial. Un avión enemigo se estrella y los adultos encuentran un hombre negro al que encierran en un almacén mientras esperan órdenes sobre qué hacer con él.

Ese es mi resumen casero.

La presa me parece un buen relato, así que os recomiendo que lo leáis. Normalmente no suelo destripar comentar spoilers en la sección de Los olvidados, pero hoy me apetece. Así que preparaos para que os abra en canal La presa, hoy toca hablar de simbología, núcleo y demás.

Sé que he dicho que es un buen relato, pero en mi opinión tiene varios fallos: la prosa peca en ocasiones de explicativa y la voz narrativa en primera persona no está justificada (son dos fallos que comparte con Arrancad las semillas, fusilad a los niños, aunque la pifia es mayor en este segundo libro). No obstante tiene muchos otros aciertos. Por ejemplo, el sentido está construido exhaustivamente en toda la narración; las escenas son poderosas, desconcertantes, sórdidas. Es una historia sobre dejar atrás la infancia y la ingenuidad. Sobre estar atrapado (ese es un patrón que también se repite en Arrancad las semillas, fusilad a los niños). Sobre aceptar que el mundo está roto y que no hay vuelta atrás.

Una de las cosas geniales que hace Kenzaburo Oé en este relato es que los personajes están animalizados. Se resaltan los comportamientos y las características animales de cada personaje hasta el extremo. Teniendo en cuenta que la historia la conocemos a través de los ojos de unos niños, no tenéis idea de hasta qué punto resulta siniestro. Así, a un crío con el labio leporino le llaman Morro de Liebre, y es quizás el que está más cerca de un comportamiento animal: caza un perro salvaje, se desnuda en el río y mantiene juegos sexuales con las niñas del pueblo… En general cada comparación, cada metáfora tiene que ver con animales. Me gusta. Hace años, antes de saber que este libro existía, quise hacer lo mismo con un relato. Quizás algún día lo acabe, aprovechando que el núcleo es muy distinto a La presa.

Relacionado con el tema de los animales (ese “ser salvajes”), está la continua sensación de opresión en la historia, como digo, construida a lo largo de la narración. El valle en el que está el pueblo está apartado de la ciudad, los niños separados de los adultos, el hombre negro separado del pueblo. Es como si todo el mundo estuviera atrapado dentro de su papel, todos son animales enjaulados. Todas las emociones retratadas a lo largo de la historia, sobre todo las relacionadas con el preso, son también muy animales: una fascinación que roza el deseo, cautela y desconfianza, familiaridad y hábito, miedo visceral.

La llegada del preso supone el descubrimiento de un ídolo, una adoración. Todos los niños quieren verlo, y observan su piel y sus músculos como si fueran los de una poderosa bestia del bosque. A la vez lo temen, pero con el paso del tiempo, se acostumbran a él e interactúan con el hombre bajo la impresión de que se trata de una fiera domada.

Me ha llamado particularmente la atención que hay un hombre de la ciudad con una pierna de metal. Los niños del pueblo tratan con sospecha a los de la ciudad, y teniendo en cuenta que están supeditados por jerarquía a esta, intuyo que la pierna es una diferencia más, un símbolo de la tecnología por encima del aire primitivo que pesa sobre el pueblo.

Tengo que comentar que es importante tener en cuenta la época en que se ambienta esta historia: Japón, con sus costumbres sintoístas, de leyenda, se abre al mundo y la guerra acaba tocando hasta un diminuto pueblo perdido en ninguna parte. La última escena es una de mis favoritas (atención, más spoilers): después de que los padres hayan matado al preso a costa de romperle la mano al protagonista, este se da cuenta de que su mundo se ha roto. Más bien, estaba roto de antes, pero sólo entonces se ha dado cuenta de ello: el preso, al que trataban como un dios salvaje, en realidad era otro hombre, otro animal asustado que le traiciona para salvarse, y el propio padre del protagonista renuncia a proteger a su hijo con tal de acabar con el preso. Es para el personaje asumir que es prescindible, que es insignificante. No puede ser invencible (ya me habréis oído alguna vez decirlo: los niños no se plantean la muerte y eso los hace, de algún modo, invencibles.  La inocencia de los niños es siniestra). Como digo, la escena que me gusta es la última del libro, en la que los demás niños juegan con el ala rota del avión como si fuera un trineo y el personaje los compara con dioses antiguos, dioses salvajes del bosque, como los espíritus de la religión sintoísta, libres y descalzos sobre la hierba al atardecer. El protagonista ya no encaja con ellos porque ha dejado atrás la ingenuidad de la infancia, pero tampoco pertenece al mundo de los adultos (curiosamente, ya no está atrapado en ninguno de los dos rangos de edad, pero eso no lo ha liberado). Es en ese momento cuando el hombre de la ciudad, el de la pierna de metal, intenta animarlo y se une a los juegos de los niños. Sufre un accidente y acaba muerto. Me gusta ese aire derrotista a moraleja trágica: el tiempo de la ingenuidad y nuestros dioses ha pasado, y no podemos volver a él. Me gusta que el protagonista los mire de lejos y sepa que por mucho que jugaran a atrapar perros salvajes, no pueden ser guerreros. No existe esa magia oscura, ya no. Me gusta cómo comprende la advertencia y el peso de la guerra y deja atrás el cadáver del hombre de la ciudad. Me pierden los momentos de epifanía simbólicos. Los enmarcaría todos en la pared de mi cuarto. Quizás por eso las novelas decentes que planeo acaban pareciendo relatos largos.

Sobre los diálogos recuerdo muy poco, pero creo recordar que estaban bien construidos. Ahora bien, las acotaciones eran terriblemente explicativas.

De los personajes ya he hablado en general, pero, aparte de su caracterización de animales, quiero mencionar que tenían objetivos. Buenos objetivos, entre el miedo y la fascinación, la infancia y la edad adulta. Evidentemente eran objetivos contradictorios. También al respecto quiero comentar algo que me pregunto si no será una cuestión cultural, propia del lenguaje japonés. Una vez un profesor mío me dijo que hay ciertas cosas intraducibles dependiendo del idioma. No lo dijo así, pero estuvimos comentando cómo Palahniuk intenta hacer desaparecer los pronombres personales porque le recuerdan al lector que, al fin y al cabo, no es él el que está viviendo la historia. En español lo traducen como un narrador en segunda persona, pero no es eso. Otro día estuvimos hablando de que el japonés es un lenguaje raro para traducir. Yo no conozco este idioma. pero él me dijo que, por lo visto, la primera persona del singular no está de verdad en singular, porque tiene un componente colectivo muy fuerte. No sé si es cierto, o no, pero ciertamente me cuadra con lo que sé de la cultura japonesa. La cuestión es que en La presa, muchas veces, me daba la sensación de que las emociones las sentían colectivamente los distintos grupos de personajes dentro del relato. El que más se diferencia es el protagonista (sobre todo a partir del clímax del segundo acto), y de vez en cuando Morro de Liebre y algún otro secundario. Pero en general los niños se sienten de determinada forma, todos ellos. Y los adultos, de esta otra. Y los niños de la ciudad, de esta otra. Y así. El peso de la integración social en la cultura japonesa me resulta muy siniestro. Creo que este aspecto de los personajes está muy relacionado con ello.

La prosa soporta el núcleo de la novela y lo que quiere decir el autor, además de tener una muy buena selección de elementos. Utiliza bien el lenguaje de los objetos y describe sensaciones (especialmente olores) de una forma estupenda. Utiliza simbología. Maravilloso.

La voz narrativa está bien construida desde el futuro, supongo, pero diría que es lo que más falla porque es explicativa y no está justificada, como ya he mencionado. Como puntos positivos de esta destacaría la construcción del pasado, y la autoridad racional y emocional.

No mucho más que mencionar, excepto que hay cierta similitud entre el papel de los personajes de esta historia y la de Arrancad las semillas, fusilad a los niños (los dos protagonistas, los dos hermanos pequeños, y el papel de Morro de Liebre-Minami). Además de la decepción con el adulto, el sentimiento de enjaulamiento, de abandono, y la fuerte presencia de los animales y la naturaleza salvaje.

Arrancad las semillas, fusilad a los niños en cierto sentido me ha parecido mejor y peor. Más compleja, pero menos redonda. Peor justificación de la voz narrativa (ejem, ese final), algo más típico el clímax del tercer acto, pero con una estupenda utilización del espacio simbólico. Me dejó un regusto muy melancólico, un poco parecido a El señor de las moscas mezclado con El club de los poetas muertos. O algo así.

En fin, Kenzaburo Oé es una lectura más que recomendable. Si queréis aprender a escribir, fijaos en las cosas que hace este hombre y dejad de leer novelas de literatura juvenil (sí, por mucho que algunas hayan salido de la lista de honrosas excepciones de Ortiga ;P).

Oh, ¿sabéis qué? Estoy preparando una Wishlist para el sorteo navideño de la Fnac, y la crítica de una novela especial (especial porque es de una valiente que se ha echado al ruedo). Ya os iré contando más.

No os quiere,

Z.


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6 comentarios :

  1. Me llama muchísimo la atención lo de las comparaciones con animales y lo siniestro de los niños. Me lo apunto, aunque me he comido un spoiler sin querer, pero en fin...

    :-)

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  2. Agh, sorry. Ya avisé de que iba a destripar de arriba abajo La presa. De todos modos, lo bueno de este tipo de libros es que lo importante no es tanto la trama y los plot twists como el sentido de fondo. Es uno de esos libros que, por este motivo, se pueden leer varias veces sin que la lectura pierda (más bien al contrario: gana bastante).

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  3. ¡Buenas!

    Primero de todo, que sepáis que os descubrí hace un par de meses o así por esta entrada, buscando información sobre este libro para un trabajo de la facultad. Como me pareció interesante la entrada, decidí seguir leyéndoos y cogerme este libro para hacer el trabajo. Tras haber leído el libro, me parece que coincidimos bastante en algunas cosas, como lo animalizado de los personajes. Lo que no veo yo es que la voz narrativa no esté justificada, básicamente porque no lo entiendo. ¿Es qué te basas para decir si la voz narrativa está o no justificada? Es decir, ¿cómo se ve eso?

    ¡Saludos!

    Carol

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