Donde la literatura y la maldad se toman un té

lunes, 6 de marzo de 2017

Hablemos de sexo, o... mejor ahorrémonoslo (8)

Queridos hierbajos, os lo advertí.




Mi nombre es Ortiga y hoy vengo a hablaros de por qué #NoMeSientoSegura haciendo algo tan cotidiano como IR A TRABAJAR.

Veréis, yo no vivo en un país en guerra, ni siquiera en un barrio conflictivo. Ya no vivo en una situación de maltrato psicológico. Mi casa de este año es vieja y desvencijada, pero mantengo la esperanza de que no se me venga el techo encima en los cuatro meses que me quedan. No trabajo con personas conflictivas, ni en atención al cliente, ni en un mostrador de reclamaciones. La única vez que alguien me amenazó con un cuchillo tanto mi atacante como yo teníamos unos 10 años y, aunque la amenaza fue todo lo seria que puede ser una amenaza viniendo de un niño de 10 años, el cuchillo en cuestión tenía un mango de flores, se me disculpará si recuerdo esta anécdota casi con cierto cariño.

Así y con todo, #NoMeSientoSegura. Y vengo a contároslo hoy porque estoy de una mala leche como para hacer Olimpiadas con ella.

Os voy a contar una historia con la que seguro que el 100% de nuestras hierbajas se van a sentir identificadas (en diferentes niveles de freaking out dependiendo vuestro grado de ansiedad social y filosofía vital).

Lunes, 7 a.m. Día perfectamente normal. Tal vez, como yo, has dormido poco y mal. Has metido algo poco comprometido en el estómago aún cerrado de sueño antes de salir de casa. Ahora estás esperando tu tren en la estación. Hora punta, todo saturado. El tren llegan, también saturado, por supuesto. Entras. Hoy no hay manera de acceder a uno de esos oasis salvadores en los que la gente no está absolutamente enlatada, lejos de las puertas y todos los que se empecinan en quedarse ahí parados haciendo tapón. Tampoco hay manera de alcanzar una pared, de asientos ni hablamos. No queda otra que quedarse en el centro del vagón, en el espacio entre las puertas, y contar respiraciones mientras los cuerpos a tu alrededor siguen intentando aplastarte un poco más contra el muro de carne a tu alrededor. Una imagen preciosa, lo sé. Hasta aquí, seguro que todo el mundo sigue conmigo. Pero ahora llega lo bueno, y sé que vosotras sabéis a dónde quiero ir a parar. El caso es que tú estás ahí, estrujada entre la barra y un tipo enorme que te dobla en tronco superior y/o te saca dos cabezas. Quizá estés pensando en la reunión que tienes a primera hora, en el examen de Literatura, en tu perro o en tu gato, o, como yo, a lo mejor estás imaginando posibles escenarios truculentos y cómo escaparías de ellos. Sí, eso es algo que hago con frecuencia. Tengo muchas fobias sociales, pensar planes de actuación en caso de emergencia me ayuda a perder un poco menos la calma cuando algo inesperado sucede. Y tú estás ahí pensando en tus cosas, en cómo si alguien decide tocarte el culo ese día lo que deberías hacer sería darle la vuelta y pegarle un contundente empujón en el pecho. Pero entra una nueva oleada de gente y ya no podrías poner en práctica tu plan ni aunque quisieras. Y entonces sucede, por supuesto. Y por un momento la ironía es más de lo que cualquiera podría soportar, pero así es la vida. Está sucediendo. Y tú no haces nada. De pronto te quedas en blanco. No sabes qué hacer. Qué pensar. ¿Te lo estás imaginando? ¿Es un error? ¿Habrá sido sin querer? No. Ahí está otra vez. Ahora pasa al otro lado. Y sigues sin hacer nada. No te puedes mover. Quien quiera que sea, está a tu espalda y tú no tienes siquiera el espacio suficiente para girar la cabeza y mirar, aunque quisieras, aunque te atrevieses a admitir, ante ti misma, ante él, que esto está sucediendo. Que te está sucediendo. Otra vez. Olvida lo de empujar. En realidad eres una cobarde. Lo eres, ¿verdad? ¿Deberías gritar? Pero, claro. ¿Qué, yo? ¡Yo no estaba haciendo nada! Loca. ¿Me estás acusando? Estamos muy juntos, ha sido sin querer. Te lo has imaginado. ¿Te lo habrás imaginado? Exagerada. Loca. Y todo el mundo se te va a quedar mirando. No montes una escena. Estás montando una escena. O, peor, no te van a mirar. De hecho, van a mirar a cualquier lado, cualquier cosa menos a ti. Histérica. ¿Por qué estás montando una escena? Cállate. Cállate. CÁLLATE. Todo esto sucede solo en tu cabeza, por supuesto. En la realidad, para cuando el cine mental ha terminado, las puertas ya han vuelto a abrirse. Gente sale. Gente entra. La mano ha desaparecido. El momento ha pasado. Te has movido de sitio. Y para cuando llega tu parada tienes cuatro medias lunas rojas en la palma de la mano con la que no te estabas agarrando a ningún asidero. Y cuando sales del vagón te llevas una mano a la frente para fingir que estás mareada cuando en realidad lo que pasa es que están a punto de saltársete las lágrimas. Y cuando llegas a clase, al trabajo, y la primera persona que encuentras te da los buenos días y el qué tal, intentas sonreír y devolver el bien que todo el mundo espera. Y cuando llegas por fin a una habitación vacía, al baño, te agarras a la pared e intentas respirar. Pero esto solo es un momento, también. Porque hay cosas que hacer. Tienes que volver a clase. Tienes que trabajar. Y sabes que mañana tienes que coger ese tren. Y la semana que viene. Y también el próximo mes.

No me malinterpretéis: esto me pasa caminando por la calle y soy de las que sueltan cuatro gritos y, como se me pongan a tiro, hasta un zarpazo. No que la responsabilidad de gestionar semejante situación deba caer sobre mí, pero eso es lo que hago. Sin embargo, las aglomeraciones de gente ya me resultan de por sí lo bastante estresantes como para que encima le añadamos gasolina al fuego. Si no puedes moverte, no hay manera de huir, a mí me hace sentir una vulnerabilidad insoportable.

Queridos hierbajos, estoy pagando por un servicio de transporte público en el que ni siquiera se garantiza mi seguridad. Estoy pagando por un servicio de transporte público en el que cada día me arriesgo a que un completo desconocido decida que mi cuerpo es suyo para hacer con él lo que se le antoje. También me arriesgo a que alguien me abra la mochila y me robe la cartera, claro. La diferencia es que la mochila me la puedo colgar por delante, la cremallera bajo la barbilla, a ver quién es el guapo que la abre sin que me entere. Pero el culo, hierbajos, no me lo puedo poner por corbata. Qué más quisiéramos algunas muchas veces, ¿verdad?

¿Se espera de nosotras que seamos capaces de funcionar, en sociedad, en nuestro trabajo, en nuestras vidas, cuando esto es con lo que tenemos que lidiar desde primera hora de la mañana? Y luego me viene alguien y me dice que es que las mujeres estamos siempre desquiciadas. No me digas. No se me ocurre por qué. De verdad. O con la cancioncita del #NotAllMen. Pues ten. Toma un pin, encanto. Porque, sí: #YesAllWomen.

No me parece normal ni aceptable que tenga que comprometer mi integridad física y psicológica CADA DÍA sólo para poder ir a trabajar, para pagarme artículos de lujo como comida y techo (y compresas). No me parece normal ni aceptable que, cuando sucede un episodio de estos, no me sienta siquiera segura como para alzar la voz y saber que seré escuchada, no puesta en duda, no ignorada. No que me pregunten: qué estabas haciendo, por qué no te defendiste, qué ropa llevabas puesta. Encanto, si aquella vez que te cruzaste conmigo mis pantalones abrieron la boca para decirte «¡Tócame! ¡Tócame, que doy gustito!», tengo una mala noticia para ti: tienes esquizofrenia. Por tu bien (y el de todas las mujeres que tenemos que compartir espacio respirable contigo) te recomiendo que vayas a ver a un psiquiatra para que te lo medique.

Hoy estaba pensando en todo esto como si fuera precisamente un tren. Es un día normal, estás en tu ruta. Y, de repente, sin motivo, una mano ajena empieza a manosearte. Y, con un chirrido, todo se detiene. Como si alguien hubiese tirado de la palanca del freno de emergencia. El convoy de tu día al completo pega un frenazo y todas las fichas del dominó se te caen encima al mismo tiempo. Y no encuentras tus brazos ni tus piernas ni tu voz. No sabes hacia dónde moverte. ¿Os imagináis qué pasaría si, cada vez que a una mujer le meten mano en el transporte público, accionase el freno de emergencia? Te están agrediendo, al fin y al cabo. ¿Qué puede haber que sea más emergencia que eso? Ya os podéis imaginar lo que pasaría: harían falta más palancas, para empezar. Y aún así tendríamos que compartir. Nadie podría llegar puntual a trabajar. Nadie. Ni. Un. Solo. Día.

Y ¿por qué solo en el transporte público? Puestas a pedir cosas tan disparatadas como poder salir de casa sin que nos agredan sexualmente, podríamos trasladar la hipotética iniciativa a cualquier ámbito. Por la calle. Plántate en mitad de la calzada y no dejes avanzar el tráfico. En el trabajo, en la escuela, en un centro cultural. Haz saltar la alarma antiincendios. Nos íbamos a reír.

A lo mejor así algunas personas empezarían a tomarse esto un poquito más en serio. A lo mejor iba siendo hora de hacer la prueba, hacer algo drástico y potencialmente peligroso. Un riesgo diferente, aunque fuera solo por variar. Por no aburrirnos, ya sabes. Porque si nosotras, la mitad de la población de este planeta, resulta que no tenemos siquiera asegurado el sencillo derecho a llegar a nuestros respectivos lugares de trabajo sin estar al borde de una crisis de ansiedad, ¿de qué coño va esto?



En fin, parece ser que hemos venido a sincerarnos. Soy Zarza, por cierto.

Siempre me he considerado con mala suerte en este sentido. No es que en el transporte público me metan mano. Que sí, que también, pero no voy a eso. Es que lo hacen en la calle, a plena luz del día, en centros comerciales, desde una moto en marcha.

Ortiga solo ha hablado de cuando alguien se cree con derecho a tocarte sin preguntarte antes tu opinión al respecto, pero creo que yo también voy a mencionar las veces que te gritan algo por la calle, sobre todo si es de noche y no hay nadie cerca, porque por desgracia el cat-calling también me pasa mucho y no asusta menos.

No suelo tener problemas para decir algo. Gilipollas, normalmente. Lo tengo automatizado. Me giro y ahí está, de pronto ya lo he dicho. Normalmente se ríen si son varios, o se alejan caminando más deprisa. Alguno se gira para insistirte (¡Guapa!), como si encima tuvieras que tomarte como un cumplido que le haya apetecido ponerte la mano encima. ¡Guapa, que yo no lo hago porque no te respete! ¡Es porque me gustas! ¡Guapa, no seas tan guapa si no quieres que te toque!

Y luego hay otros. Alguno me ha llegado a increpar, desandando el camino en mi dirección, los hombros echados hacia delante, las manos levantadas, tajantes (¡Te voy a follar! O una paráfrasis por el estilo). Recuerdo a Cardo y a Ortiga sujetándome y me recuerdo a mí medio bufando. Me alegro de no encontrarme a menudo con esos otros.

Os voy a confesar algo: es liberador. Poder gritar, responder de alguna manera, y que no te importe si alguien te mira, si les parece exagerado, si les parece lo que sea. Porque en ese momento tienes tanta rabia dentro que no te cabe nada más. Casi me dan ganas de reír, se me ensancha la boca en una sonrisa de esas que es más bien una excusa para enseñar los dientes, pero hay una cosa dentro de mi pecho que se siente viva.

No siempre ha sido así.

Empezaron a los trece años y nunca sabía muy bien si tenía que reírme o bajar la mirada y acelerar el paso, pero en cualquier caso dejé de tomar chupachups en público. A veces me preguntaba si a estos casanovas algún día les funcionarían sus sofisticadas técnicas de seducción y me lo tomaba a broma. Otras veces no, y a mis amigas les molestaba que me quejara, porque por lo visto lo que tienes que hacer es sentirte halagada y callarte, so creída. A los quince, un tipo se me acercó por detrás, me arrimó el paquete y me persiguió por todo el vagón mientras yo intentaba alejarme de él abriéndome camino entre la multitud. Llevaba el chándal del colegio (yo, no el cretino con problemas para pillar una indirecta). El tipo no es lo que habría esperado en un depredador. Tenía unos treinta años. Era guapo. Una prima me dijo que seguro que me había gustado.

Todas hemos tenido alguna experiencia cuestionable con el alcohol y algún tío que se cree más listo de la cuenta. No soy una excepción. No voy a comentarlo porque creo que no viene al caso, pero la mía supuso un antes y un después. Nunca le había gritado tanto a un tipo, nunca tan salvajemente, nunca tan segura de lo que estaba diciendo.

Fue maravilloso, al menos en un sentido. Por lo demás fue una de las peores noches de mi vida.

A partir de ese momento el problema ya no solía ser el tipo con complejo de pulpo, sino mis amigas. Esto es algo en lo que posiblemente también tenga parte de responsabilidad, porque siempre he sido de esas #NotLikeOtherWomen (aunque sabed que me sacudo toda la culpa de mi síndrome de special snowflake y le cargo el muerto a mi familia, que para algo lleva toda la vida alimentándome de refuerzo positivo cada vez que hago algo diferente al resto de mujeres) y eso hace que las personas de mi sexo no suelan tenerme la mayor de las simpatías. También puede ser mi encanto natural, no lo niego. Por eso, cuando digo que el problema eran mis amigas también hablo de mí: me refiero a que necesitamos desesperadamente ensalzar el sentimiento de sororidad. Desesperadamente. Necesitamos, como mujeres, no reírnos de otra mujer a la que agreden. No reírnos de sus intentos de defenderse. Necesitamos sentirnos aludidas, no rivales.

Había otro problema: mi familia. No os voy a hablar de ellos. Baste con que os diga que una de las soluciones estrella de mi abuelo contra las violaciones es meter a las víctimas en la cárcel con una pena mayor a la de los abusadores. Para protegerlas (esto último repetido muchas veces y en voz muy alta).

Con todo esto quiero decir (para todos aquellos que quieran gritar muy fuerte lo de #NotAllMen después de leer esta entrada) que esta situación la permitimos todos. Puede que no seas un hombre de los que hacen estas cosas. Es más, puede que no seas un hombre en absoluto. Eso no significa que tengas inmunidad diplomática. No significa que la responsabilidad de estas situaciones no vaya contigo.

¿Sabéis una cosa? A pesar de los años que han pasado, sigue siendo difícil hablar si el tren está muy vacío. Si está muy lleno, el tipo seguirá ahí, detrás de ti. No se habrá ido a ninguna parte porque no puede, pero al menos estás rodeada de gente y quieres creer que se va a cortar un poco en su reacción. Quieres creer que, incluso si fuera uno de esos tíos que se dan la vuelta para increparte que te va a follar, la gente le detendría, o al menos él se lo pensaría un par de veces. No me pasa como a Ortiga en ese sentido, mi fobia social se suele ir por otros derroteros.

(O, dicho también: si me pegan, si me tocan, ya no es algo que no entienda, es algo que ha pasado. Nadie puede decirme que soy socialmente idiota, que he malinterpretado las cosas, que no sé lo que está ocurriendo. Si me tocan es un límite que sé reconocer, y nadie puede quitarme eso).

Lo que más miedo me da de todo esto es que el día que me toca lidiar con este encanto de criaturas no es el día que voy de punta en blanco, sino que coincide como un reloj con ese lunes horrible en el que no me he lavado el pelo y me veo horrible en el espejo, o acabo de volver a casa de un viaje, o he estado toda la noche en vela discutiendo con una amiga, o estoy comiendo y me siento una criatura repugnante y ansiosa. Siempre coincide con un momento de vulnerabilidad y, no puedo evitarlo, me da tanto miedo que pueda ser algo sistémico. Un tipo de comportamiento predatorio tan asimilado que nadie se haya parado a pensar que pueda estar buscando el eslabón más débil de la cadena, el que menos probabilidades tiene de alzar la voz.

Bueno. Con miedo o sin él, siempre me ha encantado reventar expectativas.



Fdo. Z. y O.

9 comentarios :

  1. ¡Hola!

    Estas situaciones me horrorizan, aunque en el transporte público nunca las he sufrido, ya que vivo en un pueblo donde no hay metro y cuando cojo el autobús siempre estoy rodeada de gente conocida.
    Pero en la calle es otra historia. Si oigo algún grito ni me vuelvo porue pienso que no es a mí a quien va dirigido, que hay mucha gente en la calle; me asusto y ando un poco más deprisa.

    La primera vez que me pasó era apenas una niña e iba caminando con una mujer adulta. Pasábamos cerca del colegio (había salido para practicar unos recorridos, es lo que tiene llevar un bastón blanco) y desde dentro de este, un compañero de clase me gritó «¡Adriana, guapa!». En ese momento no supe qué hacer, así que decidí ignorarlo. En ese momento la mujer se empezó a partir de risa y me dijo «¡Seguro que le gustas!». No le contesté nada, pero me apeteció decirle algo como «Y una mierda». ¿Qué me importaba a mí si le gustaba o no? ¿Acaso le había pedido su opinión? ¿Se ceía con derecho, acaso, a opinar sobre mi físico?

    Sí, éramos unos críos en ese momento, lo habría dicho solo para verme enrojecer o qué sé yo, pensé. Pero, aun así, ¿de qué iba?, me pregunto ahora.

    La verdad es que mucha gente se cree con derecho a venir y opinar sobre nosotras como si tal cosa. Y muchos dicen luego «Oye, no seas así si no quieres que diga nada». Es como el ya clásico (pero no menos ofensivo) «si no quieres que te miren, no vayas provocando». No, en serio, ¿en qué clase de sociedad vivimos?

    Y sí, en algunas mujeres que se ríen de lo que te pasa. Debemos apoyarnos. Como cuando eres pequeña y un niño te tira de la coleta y, como respuesta a tus quejas, recibes un «Eso es que le gustas» de tu abuela. O como cuando te quejas sobre algo ya cotidiano a tus amigas y se ríen en tu cara, literalmente; que eso no es nada, dicenn.

    Estoy medio enferma y no sé si habré escrito alguna incoherencia, seguramente sí. Nada más, como siempre, una muy buena entrada, malas hierbas. Diciendo las cosas como son. :)

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  2. Hola Zarza y Ortiga.
    No creo que haya mujer que no se sienta identificada con esta entrada. Y si la hay, es que debe estar ciega y sorda. Por suerte a mi jamas han intentado tocarme en la calle. Pero si me han gritado. Una vez iba camino al colegio con mi hermanita y un auto se detubo y un tipo nos lanzó besos y luego siguió. Con mi hermana no dijimos nada y fue como si nunca hubiera pasado. Ahora que lo pienso, tal vez fue bueno no contestarle. Iban bebidos y podían bajarse del auto y hacernos cualquier cosa siendo tan pequeñas. Pero ahora, cuando alguien me grita desde un auto me arde la mierda y respondo. Ya no lo soporto. Y como estoy consciente de este trato a las mujeres, es mas notorio y no dan ganas ni de salir a la calle.

    Yo también tengo fobias(a la gente), entonces no me va mucho tomar el tren. Me asfixiaría. Soy de tomar taxi. Pero también es inseguro. Prefiero taxistas mujeres porque me siento mas cómoda que con un tipo que en cualquier momento puede hacerme lo que se le de la gana.

    Una gran entrada.

    ¡Saludos!

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  3. Little Snake, tienes que tener cuidado con las cosas que dices. Estoy seguro de que las mujeres ciegas, sordas y sordociegas también se dan perfectamente cuenta de si alguien les está tocando el culo o acosándolas de otra manera por la calle. Sé que "sólo era una forma de hablar". Pero las "formas de hablar" también dicen cosas. Cuidado.

    Con amorr,
    O.

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  4. La primera vez que me pasó algo de esto tendría yo alrededor de once años, recuerdo que llevaba una faldita vaquera de color verde, ya veis de qué cosas somos capaces de acordarnos, fue en la feria, me senté con mis amigas a mirar como los chicos de la pandilla chocaban con los coches. El feriante se sentó a mi lado y me puso la mano sobre el muslo. Me sentí muy rara, no entendía por qué aquel señor que podría ser mi padre hacía eso, lo miré muy mal y le dije que no me tocara, el tipo se ofendió, ya os digo que era una cría, le dije que solo tenía once años, creo que eran esos los años y me llamó mentirosa, no se creyó o no quiso creerse, que tenía esa edad, claro, estaba muy desarrollada ¿y? El hecho de estar desarrollada o tener cuarenta años, da lo mismo, ¿le daba permiso para meterle mano a una mujer? Pues al parecer sí.
    Mis amigas la liaron parda, se asustaron al ver aquel cuadro, como yo y reaccionaron a gritos. Lo peor no fue eso, fue que a mí me daba vergüenza lo pasado, como si yo tuviera la culpa de algo, ¿por llevar la minifaldita verde? ¿por eso aquel baboso se podía permitir tocarme? La edad que yo tenía agrava el asunto, sí, pero realmente, si yo hubiera tenido más edad no sería garantía de que no me tocara, seguramente habría intentado aún más.
    El tema es que para algunos tipos tu mera presencia es suficiente para poder tocar, manosear, faltar al respeto en resumidas cuentas porque eres una mujer, sin más.
    Estamos aún muy lejitos de conseguir esa igualdad que queremos con todas nuestras ansias.
    Estoy HARTA de ver reuniones para celebrar el día de hoy llenas de mujeres, conferencias en las que se habla de nuestros derechos hasta arriba de mujeres. Vamos a ver señoras, no somos nosotras las que tenemos que asistir a eso, no, son ELLOS los que deberían hacerlo, sobre todo algunos de los que se creen que porque tienen los genitales en el exterior se merecen más respeto, más oportunidades y más libertad que nosotras.
    Bueno, me he desahogado ya un poco.
    Siento que os haya pasado eso, de verdad, a mí pocas veces me ha pasado, pero con una ya sería demasiado.

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  5. Ortiga, te entiendo perfectamente y te acompaño en el sentimiento. No solo por la cantidad de veces que me han dicho cosas por la calle, sino también porque pasé por un episodio como el tuyo hace unos cuantos meses, en el subte. Tenía puesto un jean, así que tal vez no lo sentí tanto, pero por algún motivo miré hacia atrás, abajo, y vi que el tipo que estaba detrás de mí retiraba la mano. Ahí me di cuenta. No me animé a armar escándalo porque tengo la extraña costumbre de no reaccionar como quisiera en el momento; tenía una bolsa o una valija en la mano y la puse detrás mío para taparme y doblé el codo tratando de molestarlo lo más posible, ya que no se movía.

    Lo malo de todo esto es que no es que no armo quilombo porque me van a tratar de loca o histérica o lo que sea; ES POR MIEDO A QUE EL TIPO SEA UN LOCO AGRESIVO.

    La gente está muy loca.

    Y ya que estamos, la ropa no es excusa, porque me han dicho cosas cuando salí a hacer compras de emergencia VESTIDA DE ENTRECASA (léase, lo más zaparrastrosa posible :PPP)

    Así que nada, una gran mierda todo.

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  6. Entiendo completamente como os sentís. Yo odio los espacios cerrados llenos de gente. De hecho, siempre que puedo evito el metro y cojo el autobús, que suele estar menos concurrido.
    Un beso espinoso!
    El otro día salí de una clase de francés y como tenía que recargar el abono, cogí el metro. Resulta que ese día había partido de futbol en la ciudad y estaba todo lleno, lo que supone roces, tíos que aprovechan el momento... Y es muy desagradable.
    Otra cosa que me ha pasado varias veces es ir por la calle a coger el autobús, y que un viejo verde al ver que te acercas, vaya hacia ti y que invada tu espacio vital para decirte lo guapa que eres y todo lo que podría hacerte. Algunas veces he pensado en denunciarlo, pero que iban a hacer? Al final opté por dar un rodeo para llegar a la parada del autobús.
    En cambio a una de mis amigas le encanta que le digan esas cosas o que la soben en el metro porque se siente deseada y guapa y al parecer es a lo que aspira en su vida. Nunca acabaré de comprenderla y en mi opinión está ayudando a que los tíos sigan haciendo estas cosas.

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  7. En mi ciudad no existe el subterráneo, tenemos una mala fotocopia colombiana de él llamada Transmilenio. La situación es la misma, lo del post me pasa más seguido de lo que me gustaría reconocer y es de los más leve que me ha tocado.

    Antes de animarme a escribir este comentario pensé que a lo mejor esto era algo muy personal para contarlo, pero me quiero quejar, quiero gritar y quiero llorar porque en este mundo hay gente muy enferma y los demás solo los dejan seguirse reproduciendo como una plaga. Solo sentía que tenía que decirlo o me ahogaría.

    Tengo 2 historias. La primera es del Kínder, cuando era una niña de 6 años, había un niño que me daba miedo, era supremamente agresivo conmigo, me mordía, me daba patadas y abiertamente me decía que era de su propiedad. Esa es una edad en la que los niños imitan el comportamiento de sus padres, solo me puedo imaginar al cerdo machista que le toco por padre y que lo convirtió en otro cerdo machista. No sé porque hay tanta gente que creen que andar golpeando a su esposa y a sus hijos es sinónimo de disciplina ¿por qué hay que enseñarles a los niños que deben conseguir todo lo que demandan a los golpes? ¿por qué una niña desde los 6 años tiene que aguantar golpizas de esas y ser víctima de maltrato? ¿por qué que educar a los niños así?

    Ahora viene la parte de verdad horrible. Pasó cuando tenía unos 18 o 19 años y era el cumpleaños de mi hermano. Ya me había topado tipos raros por la calle que me miraban extraño o me susurraban vulgaridades al oído, pero yo pasaba de esas cosas, no me estaban haciendo nada (según yo) y solo tenía que respirar profundo y acelerar el paso para llegar a mi casa.

    Resulta que hay unos 20 minutos de caminata desde la avenida principal hasta mi casa, siempre me pareció un barrio seguro, lleno de parques con árboles y gente decente, en esta ciudad se ven parques en los que no puedes dejar salir a tus hijos solos si es que los quieres volver a ver, donde matan y violan, pero no es el caso con el sitio en el que vivo.

    Hay una cosa aquí llamada alimentador que va desde el portal de Transmilenio hasta los barrios, es gratuito porque ya pagas el pasaje de Transmilenio desde antes de llegar al portal, es solo una ruta complementaria que te lleva a tu casa totalmente gratis y hace varias paradas dentro de los barrios así que la puedes usar dentro de los mismos para ir de un punto a otro sin caminar o desde la avenida (aunque se supone que eso no se debe hacer).

    No sé porque no quise usar ese día el alimentador desde la avenida, pero tal vez me pareció que caminar 20 minutos era mejor para el ambiente por el tema de la gasolina, más sano (además me gusta caminar) o que daba lo mismo esperar en el paradero que caminar, me demoraría igual. Iba a mitad de camino cuando sucedió, un sujeto borracho en una bicicleta me pregunto que hora era y me tranco el paso con la bicicleta, no había gente a mi alrededor y me alcanzaría en la bicicleta, pensé que era más seguro seguirle el juego que correr. Le di la hora y el sujeto se me acerco, no recuerdo que me dijo que en haría si no lo besaba, algo que ver con un robo o un puñal, no estoy segura, pero ¿pueden creerlo? ¿hasta ese nivel de depravación se puede llegar? Solo me quede quieta, en shock, el tipo me abra besado unas 4 veces, metiendo su repúgnate lengua sabor alcohol en mi boca.

    Se atrevió a decirme que no fuera a decir nada ¿si decía algo como se pensaba enterar?, tan pronto se largó corrí a mi casa, llamé por teléfono al CAI de la policía más cercano, reporte el caso, di la descripción del tipo y me cepille la boca con tanta fuerza que me hice sangrar la encía. No me sirvió de nada, dos CAI a menos de 20 minutos a pie de mi casa, con motos y carros a disposición y nada. Hubiera dado lo mismo que no haber hecho nada. Por supuesto, nunca volví a caminar de la avenida hasta a mi casa, mucho menos sola.

    Ese día estaba feliz, había comprado una caja de chocolatinas kinder para mi hermano y me había sobrado dinero, estaba angustiadísima de que me fuera robar y ahora creo que lo hubiera preferido.

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  8. Quería daros las gracias por compartir vuestras historias aquí, chicas =)

    ¡Mucho ánimo!

    O.

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  9. He leído la entrada del tirón, por no decir que me la he bebido, que no podía dejar de engullir palabras. Maravillosa y escalofriante, y por desgracia terriblemente familiar.
    Qué tienes escribiendo que me atrapas <3

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